Madrileños por Madrid

Vallecas: de las bellotas al valle del Kas

De los 21 distritos que hoy tiene Madrid, dos llevan el nombre de Vallecas: Villa y Puente. El primero incluye el casco histórico -que fue municipio separado de la capital hasta 1950- y los barrios de Santa Eugenia y el Ensanche. El segundo, los de Entrevías, San Diego, Palomeras Bajas y Sureste, Portazgo y Numancia, y su denominación nada tiene que ver con el puente de la M-30, como podrán imaginarse los lectores, sino con un antiguo puente -hoy desaparecido- sobre el arroyo del Abroñigal, situado en la salida de Madrid hacia Valencia, y la aduana establecida en ese punto, cuya mercancía pasaba a menudo de estraperlo (es decir: sin pagar portazgo)… Juegos del destino, que anticipa los puentes que habrá en el futuro. 

Estos dos distritos madrileños son, sin ninguna duda, resultado de una evolución histórica de Madrid que -al crecer en población y necesidad de viviendas y abastecimiento- se ha ido comiendo progresivamente los pueblos cercanos, que tenían sus propias características y personalidad. 

Vallecas aparece por primera vez en el Fuero de Madrid otorgado por Alfonso VIII en 1202 como zona de encinares y dehesas cuyas rentas se destinaban a las murallas de Madrid. Entre los escasos espacios geográficos que se pueden identificar en el Fuero están Rivas y el Carrascal de Vallecas (“Carasal de Balecas”), en un párrafo que, traducido del castellano medieval, viene a decir que los ingresos del arrendamiento del prado de Atocha, del carrascal de Vallecas -convertido en dehesa por el Concejo- y los molinos y canal de Rivas “se destinarán por fuero para la obra de la muralla de Madrid”. 

De esta descripción sacamos que el término Vallecas puede tener su origen en las bellotas medievales (valecas). Pero ¿cómo pasó Vallecas a transmutarse de encinar a una de las zonas más pobladas de la capital? Ahora lo veremos,  porque las encinas no son la única explicación que puede darse al término Vallecas. 

Hay quien atribuye la denominación a sus vaguadas y cerros -ahí tenemos el histórico cerro del tío Pío– que habría generado el topónimo “valle de Egas”. Es la explicación que en 1803 se inventa Juan Antonio Pellicer en su “Disertación sobre el origen, nombre y población de Madrid”. Don José Antonio afirma que en algún tiempo hubo un tal Egas, dueño de una alquería o casa de labor... Y si no existió… pues había que inventarlo ¡Nunca dejes que una verdad anule un buen argumento! 

Los vecinos de Vallecas tienen otra explicación más misteriosa, apoyados por una “Guía de Madrid y su provincia” de 1888, que atribuye su origen a un intrépido moro llamado Kas, que se aposentó en el valle, exilado finalmente a Granada. Esta versión se apoya en la letra árabe Kaf, cuyo sonido equivale a nuestra C.   Por ello muchos vecinos de la zona hoy escriben “Vallekas”, aún sin saber muy bien por qué lo hacen.  

La Villa siempre fue -por su cercanía a la capital- lugar de ventas, tahonas y establecimiento de proveedores y servidores de la Corte que preferían vivir cerca, pero no en Madrid. Así lo hizo su fundador el gallego Rivadeneyra, camarero de Juan II en el siglo XV, que apadrinó un Convento de la Orden de San Bernardo para refugio de las mujeres cuando los hombres partían a sus negocios o sus guerras. Sus religiosas acabaron luego en la calle Alcalá, en el centro de Madrid, conocidas como “las monjas de las Vallecas”. 

En la hemeroteca nacional encontramos referencias a Vallecas que dan razón de sus cambios: los anuncios de venta y arrendamiento de tierras del siglo XVIII van mutando en anuncios de pequeños establecimientos -tahonas, bodegas, yeserías- en el XIX, cuando Vallecas era la gran proveedora de pan de Madrid. Tras la puesta en marcha del ferrocarril hacia Aranjuez, que llenó de trabajadores la Villa y su Puente,  crecieron los avisos sindicales y las reseñas de partidos obreros en los periódicos de los años 30 del siglo XX. 

Su crecimiento fue exponencial: desde los 807 vecinos y 3.228 almas en 1888 a 39.000 censados en 1930. Aquí hay que dar una explicación porque la distinción -en los antiguos censos- entre “almas” y “vecinos” no responde a lo que algunos pudieran pensar: las almas eran habitantes y los vecinos cabezas de familia: los únicos con derechos.

Durante la guerra civil, en las revistas aparecen fotos de “muchachas” de Vallecas confeccionando prendas para el ejército popular (Ahora Madrid, 13/12/1937) y “valientes niños de Vallecas que pegaban carteles en sus esquinas”, muy distintos a los niños del Retiro, “espectadores de idilios en segundas nupcias” (Estampa, 4/9/1937). Recordemos que la ley del divorcio republicana estaba vigente desde 1932. 

Por los periódicos de época sabemos también que Vallecas sufrió mucho con la epidemia de cólera de 1834, que en 1942 se abrió una “escuela de trompetas” dependiente del Ministerio de la Guerra,  y que la línea 17 del tranvía de Cuatro Caminos a Puente de Vallecas, una de las más castizas, con sus plataformas llenas de pisotones, hizo su último viaje el 31 de julio de 1962.

Cualquiera que sea la etimología de Vallecas: de un carajal de bellotas al valle de Kas, pasando por la venta de Egas y sus cerros plagados de tahonas, estraperlistas y trabajadores del ferrocarril,  Vallecas tiene el honor de ser lo que quieran los vallecanos que sea, bajo el paraguas de una historia acogedora para quienes vienen a ganarse un lugar en Madrid.