¡Hijos de la inmundicia! Y con esto me refiero a esas criaturas modernas que deberían salir en revistas de antropología junto a los neandertales. Son diletantes románticos, una raza de esparcidores profesionales de su «mierda». Reconozco que vivimos rodeados de seres que piensan que la civilización consiste en que otros limpien su basura, la que dejan caer en cualquier parte con la misma elegancia que tiene un asno.
Hace unos días fui al cine con la ilusión de ver una película y al levantarme descubrí que había estado sentado en un muladar. El suelo y los sillones parecían el resultado de un experimento. Papeles, botellas, maíz, cajas de pizzas, de hamburguesas y hasta patatas fritas, era un vertedero municipal. Casi dos metros cuadrados de palomitas esparcidas alrededor de cada sillón, con vasos de los que aún brotaban restos líquidos y servilletas que parecen traídas de Chernóbil ¡Es la mierda de algunos!
No obstante, al analizar todo esto me doy cuenta de que nada supera al pasajero aéreo de largo recorrido. Estos son artistas del caos, capaces de convertir su asiento en un hermoso bodegón de residuos sólidos. Al abandonar el avión y ver el estado de los asientos, uno duda de que haya viajado un ser humano porque más parece la guarida de un jabalí. Y no creamos que la «élite» es mejor. Ellos y sus asientos de primera alcanzan el nivel «Diógenes intercontinental». Abandonan bajo su asiento objetos de toda guisa, vasos, papeles, restos orgánicos e inorgánicos, mantas y un largo etcétera, tanto es que nos hace plantearnos si en realidad todos somos iguales.
Empero, la escena también se repite en trenes, autobuses y en la calle, donde algunos conciudadanos —por ofrecerles un nombre correcto— dejan caer su basura al suelo creyendo que el pavimento es una criatura mística que aspira toda su mierda, da lo mismo, latas, botellines, colillas, chicles o envoltorios, ¡y qué decir del escupidor compulsivo!
Sin embargo, lo más fascinante es que todos estos individuos se consideran gente decente y normal. Son los mismos que se indignan en tertulias, los que pontifican sobre educación y civismo, quienes exigen respeto pero que dejan tras de sí un reguero de despojos que no tiene parangón. Son esos personajes que llenan su boca hablando de moral, que sientan cátedra con el respeto y la buena educación, pero que después arrojan ceniza en las alfombras o son capaces de robar hasta la cubertería en un restaurante.
No querría ser yo quien les falte al respeto, aunque en realidad son ellos quienes nos lo faltan a todos. Conviene recordar que la basura que uno deja dice más de aquel que cualquier arenga sobre valores. Los que convierten nuestro espacio público —lo que es de todos— en un estercolero portátil, solamente demuestran su vocación y que son un desastre natural, con nacionalidad o sin ella.
Las civilizaciones se llaman así por ser civilizadas y por civismo, y comienzan a ser desarrolladas cuando recogen lo suyo y además cuidan lo que es de todos. A veces pienso que si verdaderamente somos lo que dejamos atrás, más de uno debería comenzar a asumir que en efecto es, exactamente eso, basura.