Plano secuencia

Grace Kelly no quiso hacer un pis

Sí, yo fui uno de esos locos bajitos. Crecimos con sueños de fin de semana, copiados de las películas en tardes de sesión doble… y disfrutados con bocadillo de chorizo y queso en porciones El Caserío. Nuestras fantasías de infancia no tenían un cosmos limitado, pero pretendíamos acotarlo para sentirlo familiarmente asumible. Por eso, nos atraían las estampillas que vendía el señor Mariano sobre la carrera estelar de la NASA, nos fascinaba la serie Guardianes del espacio (Gerry Anderson y Sylvia Anderson 1965) o veíamos con atrayente inquietud El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968). Entonces, dibujábamos ese universo vital con infinitas líneas de rayuela. Y, así, el barrio nos parecía un mapamundi lleno de fronteras abiertas. Usera era una pintura cubista en Madrid. Allí toda geometría existencial emocionaba. Las múltiples perspectivas se acomodaban en fragmentos de superficies sugerentes. En ese territorio de infancia las carbonerías eran bibliotecas de El Caso, las casas de tebeos colgaban las ilusiones con cuerdas y con pinzas de ropa, las peluquerías se transformaban en islas de tesoros donde encontrar La peste (Albert Camus, 1947). Y los calamares sabían a calamares en El Vermut. En aquel océano donde desembocaban numerosos ríos de emigración los mascarones de las tiendas de ultramarinos relucían tanto como sus escaparates, que me convertían en un pequeño George Seurat ante un puntillismo de legumbres. Y el lunes, al colegio. Un lugar griálico, religioso, donde en cada recreo se reunían los caballeros del Churro, Media Manga y Manga Entera. Un espacio humilde, en el que resultaba atractivo encontrar por primera vez palabras desconocidas relacionadas con lo íntimo corporal. «- Padre Julio, una pregunta, por favor. / - Sí, dime, Alejandro. / - ¿Y si estoy en la cama con una mujer y me entran ganas de ir al baño?». Un marco en el que también se escuchaba «Niño, que eso no se dice. Que eso no se hace. Que eso no se toca», como cantaba Joan Manuel Serrat. En efecto, sí, las palabras caca, culo, pedo, pis no se usaban. Y es que ese vocabulario no casaba muy bien en un minúsculo grupo de pequeños extraños, capaces de colocar la borgiana espada Gram frente a un primer amor platónico. Esos aprendices de raros se consideraban hermanos de los hermanos Geste (Gary Cooper, Ray Milland y Robert Preston) en Beau Geste (William A. Wellman, 1939), aun ya conociendo el punto literario de Gracias y desgracias del ojo del culo (Francisco de Quevedo, ¿1620-1626?) o descubriendo el fin plástico de Piero Manzoni y su Mierda de artista (1961) o, también, valorando el saber que contenía el Diccionario secreto (Camilo José Cela, 1971), y su segundo tomo «Series Pis y afines». Y por qué no citarlo: a veces, incluso siendo testigos de conversaciones adultas. «- ¿Orinaste hoy? / - Cuatro gotas. / - ¿Tú? / - Lo mismo. Más o menos. / - ¿Más o menos? / - Menos.», escuchamos a dos jubilados Michael Caine y Harvey Keitel en La juventud (Paolo Sorrentino, 2015). Y es que para qué negarlo: el orinar, por ejemplo, no ha dejado de ser objeto de atención en el cine, en la escultura, en las letras y en la pintura.

(Cine). No son pocas las circunstancias en las que el miccionar se hace imagen en las películas: asunto sexual en Pepe, Luci, Bom y otras chicas del montón (Pedro Almodóvar, 1980), bromista saludo en El submarino (Wolfgang Petersen, 1981), líquido para lavarse las manos en Los santos inocentes (Mario Camus, 1984), elemento cómico en Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994) y hasta recurso medicinal en El chico del periódico (Lee Daniels, 2012) o en Charlatán (Agnieszka Holland, 2020).

(Escultura). ¿Y quién no está familiarizado con la imagen en tallas de muy variadas épocas como representación de  lo  anecdótico  o  como elemento  decorativo? Y así encontramos Hércules borracho (Anónimo de ámbito herculano, s. I) Puer mingens (Anónimo de ámbito florentino, c. 1450-1475), Putto mictans (Donatello, 1455-1460), Manneken Pis (Hieronymus Duquesnoy el Viejo, 1619) o Fuente (Marcel Duchamp, 1917).

(Letras). La literatura tampoco es ajena al tratamiento urinario que nos ocupa. «A sugerencia de Stephen, a instigación de Bloom, ambos; primero Stephen, después Bloom, orinaron en la penumbra lado a lado, sus órganos de micción vueltos recíprocamente invisibles por la interposición manual; sus miradas, primero la de Bloom, después la de Stephen, elevadas a la luminosa y semiluminosa sombra proyectada», leemos en Ulises (James Joyce, 1922). ¿Y cómo olvidar los últimos versos del «Tango del viudo» (Pablo Neruda, 1925-1931) o el final de Sobre héroes y tumbas (Ernesto Sábato, 1961)? ¿También La pianista (Elfriede Jelinek, 1983)? Y textos más cercanos en el tiempo, La orina tibia de tu cuerpo (Cecilia Podestá, 2012).

(Artes pictóricas). Personas... (¿se puede escribir «meando»?) las hallamos en Venus y Cupido (Lorenzo Lotto, h. 1530), Baco niño (Guido Reni, 1637-1638), Hombre orinando / Mujer orinando (Rembrandt, 1631 / 1631), Mujer orinando (Pablo Picasso, 1965). Y conceptuando sobre lo artístico, vemos muestras con Piss painting (Andy Warhol, 1962) o con Christ Piss (Andrés Serrano, 1987).

No obstante todo lo anterior, aquellos ahora no tan chavales nos seguimos fijando más en las enseñanzas de Cantinflas, quien en El bolero de Raquel (Miguel M. Delgado, 1957) explica bien clarito las diferencias entre las aguas mayores y las aguas menores. Por eso, cuando escuchamos a alguien decir «Un momento. Disculpa. Voy a hacer un pis», no dejamos de recordar las palabras de Arturo Pérez-Reverte en su «Mujeres como las de antes» (2007): «Puede ocurrir como con ese chiste del caballero que ve a una señora bellísima y muy bien puesta, sentada en una cafetería. “Es usted –le dice– la mujer más hermosa y elegante que he visto en mi vida. Me fascinan esos ojos, esa boca, esa forma de vestir. La amo, se lo juro. Pero respóndame, por favor. Dígame algo”. Y la otra contesta: “¿Pa qué?… ¿Pa cagarla?”». Porque imaginen ustedes la siguiente escena sacada de Atrapa a un ladrón (Alfred Hitchcock, 1955). Francia. 1955. Hotel Carlton Cannes. 5 estrellas. Grace Kelly, como una divinidad griega, luciendo un vestido de gasa azul, atomiza el marco visual caminando por un pasillo que más bien parece un olimpo. Saca unas llaves de su pequeño bolso. Cary Grant la acompaña detrás con un respetuoso paso. Bajo una suave música, no hay palabras, como si todo estuviera entendido. Ella abre la puerta de su habitación. 623. Entra un poco. 6. Se gira. 2. Mira a un Cary Grant al que no vemos la cara, pero la imaginamos. 3. Y ella lo besa… y cierra la puerta. 623. Y no, ella no dice «Un momento. Disculpa. Voy a hacer un pis».
 

Nota del autor:

Si el texto resultara irreverente, declaro al lector ofendido un mea culpa. Y para aquellos que desearan empaparse con más información, dos buenas fuentes bibliográficas: Pluie d’or. Pour une théorie líquide du plaisir (Serge Koster, 2001) y Pissing Figures. 1280-2014 (Jean-Claude Lebensztejn, 2017). En ellas tendrán referencias en un pis pas.
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