El liberal anónimo

El genocidio de los incautos

Hombres necios que acusáis sin razón y sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis. —Adaptación, Sor Juana Inés de la Cruz

Una mente imprudente, tan propia del hombre, le lleva a ordenar ideas de forma precipitada, sin análisis ni juicio. Esa aparente oposición a la razón no es una excepción, es un hábito. Vivimos en un tiempo en que la imagen ha substituido al relato y el torrente visual nos asalta cada segundo sin filtro alguno. La imagen acompañada de un sonido o de un comentario inquietante es aceptada como verdad absoluta por lo que resulta casi imposible desmentir o siquiera matizar. 

Así es como prospera la confusión. Continuamente surgen informaciones mentidas que apenas podemos reconocer porque llegan en tromba. No hace mucho se difundió la falsa noticia de abusos sexuales por parte del difunto Adolfo Suárez, antes fue Plácido Domingo y parece que por moda sigue la lluvia de despropósitos. El último ha sido Julio Iglesias. ¡Qué es un ligón!, pues sí, sin duda. Lo ha declarado él y ese gusto lo tiene impreso en el ADN, así que nada que discutir —pregunten a Papuchi—.

Hoy desconozco si todo cuanto se dice es real o si es una falacia, pero lo evidente es que en la incertidumbre la izquierda ha encontrado un filón ¡ellos y sus «fake news»! Agitan a sus bárbaros, que insultan y vejan, dando mayor sostén a sus chiringuitos. La verdad o la mentira importa bien poco y la indefensión solamente afecta cuando es hacía ellos. Es la vergüenza en permanente evolución. Esta España, siempre más presta a venerar al truhán y a denigrar sin conocimiento, no distingue entre esencia o razón. Por eso asistimos al espectáculo del vituperio gratuito que celebran siempre con ansia los que hacen de la irresponsabilidad su bandera. 

Esa disparidad de creer o no creer se agrava cuando interviene el grupo. Hay personas convincentes, como también instantes en que el fervor colectivo se enciende hasta arrastrar a muchos a pelear —e incluso morir— por razones que en circunstancias normales no les importarían. Lo vemos cada día, grupos delirantes y agresivos que en su irracionalidad hasta son capaces de detener una prueba deportiva como la vuelta ciclista. Y lo justificaron diciendo que algunos deportistas eran judíos. Es la muchedumbre exaltada que en nombre de una paz mal entendida recurren a las siniestras artes de la violencia. 

Dudo que en alguna de esas mentes haya un resquicio de sensatez. Son gente impulsiva, acalorada, dominada por alguna pasión irracional que les invita a todo. Y cuando un día consumen una atrocidad, alguno —sólo alguno—, quizá se arrepienta. Pero entonces ya será tarde. 

Hoy sigo viendo banderas palestinas que llevan rostros ausentes de toda reflexión. Es el odio vehemente. Docenas de jóvenes acalorados, ancianas que huyen de la vejez y, por supuesto, hombres necios con mirada hostil. Desean todo tipo de males a quien no dice como ellos y sin embargo aplauden a terroristas como si fuesen héroes. Algo falla en esas cabezas enemistadas con la paz, la familia y la tradición. Algo profundo y oscuro vive en cada uno y, si no se corrige, terminará por devorarnos a todos.