Cuando fuimos peces

El silbato que guarda su memoria

Ayer, mientras escuchaba en las noticias que los trenes de alta velocidad volvían a circular entre Madrid y Andalucía tras el terrible accidente de Adamuz (Córdoba) —cuarenta y seis vidas perdidas—, me detuve en un detalle que apenas ocupó unos segundos en pantalla: los maquinistas, al pasar por el lugar del siniestro, hicieron sonar el silbato de sus locomotoras.

Un gesto mínimo. Un sonido breve. Pero cargado de humanidad.

Ese pitido, que se alzó sobre la vía como un responso de acero, me abrió una compuerta interior. Porque no era la primera vez que escuchaba hablar de locomotoras que saludan a los muertos. Y entonces regresaron a mí, con la claridad de un recuerdo que nunca se fue, Rama y Cancela.

Dos soldados gallegos de la Infantería de Marina. Dos nombres humildes, casi borrados por el tiempo. Dos hombres que murieron en 1895 defendiendo un puente ferroviario en Holguín, Cuba. Ellos también escucharon el sonido de un tren, aunque en su caso fue el silencio posterior lo que los convirtió en leyenda.

Vigilaban un tramo de la vía entre Gibara y Holguín. El 5 de junio de 1895, casi dos mil mambises al mando de Antonio Maceo avanzaron para cortar las comunicaciones. La patrulla española fue sorprendida. Tres soldados —Carril, Frías y Blanco— cayeron bajo machetazos; Blanco sobrevivió de milagro. Los demás se replegaron hacia el puesto de guardia del puente sobre el arroyo Aguas Claras, donde estaban Rama y Cancela.

Desde allí vieron acercarse a los insurgentes. Podían huir. Podían rendirse. Maceo les ofreció la vida a cambio de entregar las armas. Pero aquellos dos gallegos, hijos de aldeas humildes, montaron sus fusiles y abrieron fuego.

Resistieron más de una hora. Ellos dos solos. Disparando, retrocediendo apenas unos pasos, volviendo a cargar, conteniendo a un enemigo que los superaba por miles. Su resistencia dio tiempo a Holguín para organizar una columna de auxilio. Cuando los refuerzos llegaron, encontraron a Rama y Cancela muertos en su puesto, rodeados de enemigos abatidos y de vainas de fusil. Habían cumplido su juramento hasta el último aliento.

Y entonces ocurrió algo hermoso: las locomotoras que cruzaban aquel puente comenzaron a hacer sonar su silbato en homenaje. Un gesto espontáneo, nacido del respeto. Un pitido que decía: “Aquí murieron dos hombres que no retrocedieron”.

Ayer, al escuchar que los maquinistas españoles hacían lo mismo en Adamuz, sentí que ese gesto conectaba dos mundos separados por más de un siglo. Porque hay sonidos que no son solo sonidos: son actos de memoria.

Mientras haya alguien que haga sonar un silbato en honor de los que ya no están, mientras un gesto mínimo mantenga viva la dignidad de los muertos, podremos decir que no todo está perdido.

Hay homenajes que no necesitan monumentos. Solo necesitan un maquinista que, al pasar por un lugar sagrado, decide no callar.