Aquel cambio de aires, la indispuso de tal manera que terminó vomitando flores y tosiendo polen toda la semana.
Ersilia Torresur jamás imaginó que los años de aquel populismo que ella llamaba socialismo, iban a terminar de esa forma. Desde su nacimiento, en aquella lejana Madrid, había sido inspirada por un abuelo revolucionario que en vida admiró a los hombres fuertes de la izquierda. Por ello tenía en alto a gente de la talla del Ché o Fidel Castro, y se alegró de veras cuando vio que en el corazón de Sudamérica iba a haber un gobierno zurdo.
Si bien la esperanza de la nueva utopía izquierdista la inspiró, fue gracias a una horrible pesadilla que lo decidió. De ese modo dejó su cómoda vida madrileña para partir a una Bolivia desconocida y apasionante.
La joven española nunca olvidaría el páramo onírico en el cual recibiría la orden directa y el mandato imperante de su abuela muerta hace décadas:
- Si no vas, te arrepentirás toda la vida -afirmó en aquella pesadilla y con voz áspera la octogenaria.
Su abuela, una añeja dama de alcurnia enterrada hace años, se le aparecía en sueños pretendiendo ordenar su vida, aunque lo más tenebroso de la pesadilla no era ni el mensaje ni el sentido de éste, sino que la anciana tenía dos huecos en lugar de ojos.
Corría el estío del cono sur cuando aquel distante 2006, Ersilia Torresur se instaló en aquel país rodeado de montañas. Al llegar supo que eso era exactamente lo que ansiaba, le encantaba la bondad de la gente, su comida y sus bebidas, pero sobre todo su carnaval, donde centenas de diablos y morenos bailaban para una virgen que en otro tiempo supo triunfar sobre un mitológico semidiós. Impulsada por ello y soñando con el anhelo socialista estuvo ahí por casi 20 años, exaltando los bonos mentirosos, aplaudiendo las excesivas políticas de intervención económica, festejando los incrementos salariales, recibiendo los dobles aguinaldos, reprochando los ataques de la derecha y las falsas denuncias de corrupción del imperio.
Como ella, muchos pensaban que la justicia social y la prudente distribución de la riqueza eran el estandarte del Proceso de Cambio. La mujer ignoraba que, tras las bambalinas del reclamo social y entre los discursos anti imperialistas, subsistían las malas mañas y los enriquecimientos ilícitos.
Muestra de esto era que aquel a quien ella consideraba un líder, sino un salvador, resultó ser un pedófilo empedernido y un narco mal disimulado. Lo mismo pasaba con los líderes sindicales, que eran poco menos que maleantes de guardatojo y ladrones de poncho y ojota. Nada era lo que ella soñaba.
Por eso fue que aquel cambio de tiempo la violentó tanto, porque cuando vio que ganó la elección uno que parecía de izquierda, pero que en ejercicio y labor apuntó más a la derecha, sintió un escalofrío similar al que se siente cuando uno se va a morir.
Para peor, en el momento en que el nuevo mandamás ninguneó al vicepresidente que ella pensaba iba a resucitar el sueño zurdo, se irritó y gritó a voz en cuello que el nuevo gobierno iba a caer, pero cuando el segundo hombre del país empezó a desquiciarse en público, no pudo menos que sentir vergüenza.
Aquel golpe de realidad, se consolidó cuando la mujer vio que el sendero de la izquierda llevaba innegablemente a la miseria, y lo pudo constatar en las filas infinitas para cargar gasolina, en el corroído y obeso aparato estatal, en la lacerante corrupción, en el derruido sistema judicial y en el excesivo abuso de los poderosos.
Fue recién en febrero de 2026, al tiempo que su prima la visitaba desde España para conocer el famoso carnaval boliviano, que ella se enteró que en el Viejo Mundo también se aplicaba la misma receta populista que hundió a aquel país andino. Eran otros actores, por supuesto, pero varias cosas de fondo repetían los vicios y vericuetos típicos del socialismo.
- El socialismo nos llevará al carajo -predijo Ersilia Torresur con pena y con la ideología hecha pedazos.