Crónicas Mexas

¿Dónde deben quedar las obras de arte?

Es un debate que lleva años y no tiene una única respuesta: ¿qué lugar debe ocupar una obra de arte? En México y en España la discusión se vive con intensidad. No hablamos de un cuadro cualquiera, sino de piezas que forman parte de la memoria colectiva de un país y, al mismo tiempo, del patrimonio cultural de la humanidad. En México, por ejemplo, el debate en torno a la colección Gelman es tan pasional como instructivo. Todo comenzó cuando Jacques Gelman, productor de cine de origen ruso, pidió a Diego Rivera que retratara a su esposa, Natasha Zahalka Krawak. Ese encargo inicial dio origen a una de las colecciones privadas más importantes del mundo: más de 160 piezas de arte moderno mexicano, con un núcleo centrado en el muralismo y la modernidad mexicana. Los Gelman comisionaron retratos a Siqueiros, Frida Kahlo y otros artistas, y su casa se convirtió en un refugio para creadores.

Tras la muerte del matrimonio, Robert Littman quedó como albacea y comenzó a exhibir la colección. Sin embargo, un pleito con los herederos de Mario Moreno “Cantinflas” llevó a cerrarla. Para protegerla, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) declaró varias obras Monumentos Artísticos, lo cual impide su exportación permanente. Pese a estas salvaguardas, en 2023 la familia Zambrano, propietaria de Cemex, compró la colección. Para muchos mexicanos, esa venta fue una traición a la voluntad de los Gelman, quienes deseaban que su legado permaneciera en el país. La polémica se intensificó cuando, en enero de 2026, el Banco Santander anunció que gestionará 160 obras y las exhibirá en su sede en Cantabria. Aunque es una oportunidad para que el público europeo admire estas obras, muchos recuerdan que la ley mexicana prohíbe su salida definitiva y exigen respeto a la memoria de los coleccionistas.

En España, el debate gira en torno a un lienzo de dimensiones épicas: el Guernica de Pablo Picasso. Pintado en 1937 como denuncia del bombardeo de Gernika, se expone en el Museo Reina Sofía desde 1992 y se ha convertido en símbolo universal contra la guerra. Sin embargo, el lehendakari Imanol Pradales solicitó que el cuadro viaje al Guggenheim de Bilbao entre octubre de 2026 y junio de 2027 para conmemorar el 90° aniversario del bombardeo. La petición se basa en que la obra nació de la tragedia vasca y su retorno sería un acto de reparación histórica. El Museo Reina Sofía, por su parte, advierte que las vibraciones del transporte podrían causar grietas y desprendimientos en la pintura. Desde el ministerio de Cultura se insiste en que el deber primordial es la conservación, y que la obra no viaja ni siquiera en casos excepcionales, como ocurrió cuando el MoMA de Nueva York la solicitó en 2000.

La discusión estalló en el ámbito político cuando la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso calificó de “catetada” la solicitud vasca. A su juicio, querer trasladar el Guernica es una polémica absurda que sólo alimenta agravios nacionalistas. Argumentó que el patrimonio es de todos los españoles, y advirtió que mover el cuadro pondría en riesgo su integridad. Pradales y otros replicaron que el cuadro tiene una carga simbólica enorme para Euskadi y que el Gobierno debería tener la “valentía política” de estudiar las condiciones para su traslado. Esta respuesta subraya que el debate no es sólo técnico, sino profundamente identitario.

Al final, tanto en México como en España se repite la misma pregunta: ¿el arte debe permanecer en su lugar de origen o debe viajar para ser compartido? En ambos casos es evidente que el arte es universal, pero también que la memoria de los pueblos importa. Las obras de la colección Gelman o el Guernica no son sólo objetos bellos; son testimonios de historias personales y colectivas. Por eso, cualquier decisión sobre su destino debe conciliar dos principios: el derecho a la preservación y el derecho a admirar el arte. La tecnología y las réplicas de alta calidad permiten que la imagen de estas obras viaje sin exponerlas a riesgos; sin embargo, ver la pieza original tiene un poder único y a veces místico, quien haya visto un Van Gogh en persona me entenderá perfectamente.