El liberal anónimo

Pedro Sánchez y un PSOE cercado por la corrupción

Sólo la verdad es hija del tiempo, escribió Leonardo da Vinci, pero hoy, en esta España atribulada, parece que ese tiempo ha parido una verdad tan lacerante que ni el más obtuso puede negarla sin incurrir en una compleja afrenta contra la razón. Nadie puede discutir que el PSOE está cercado por un enjambre de causas judiciales que alcanza a un ex presidente del gobierno, familiares, cargos públicos y también a figuras que deberían inspirar respeto, todos ellos próximos al «One».

No hablamos de un caso aislado, ni de dos, ni de tres, es una auténtica procesión de escándalos. El PSOE se ha convertido en un cortejo inagotable de ignominias que avanza libremente por los pasillos del poder. Pero lo más siniestro no es la corrupción, es la pusilanimidad de quienes, desde sus escaños municipales, autonómicos, nacionales o senatoriales, prefieren la ceguera voluntaria, esa que Feijóo tildó de «ignorancia afectada».

Estos próceres de nuestra menguada política deberían ser los custodios del bien común, pero se comportan como forofos del poder. Son los «hooligans», afiliados que confunden el gobierno y la estructura social y económica con un torneo de bufandas. Corifeos de la obediencia que han substituido la deliberación por el vocerío, militantes de un PSOE tan vacío que ni siquiera alzan la voz cuando la justicia llama a la puerta de sus sedes.

Sectarios socialistas que, ante cualquier reproche, recurren al gastado estribillo de «el PP más» o «extrema derecha». Deberían instruirse para entender que la corrupción ajena no es indulgencia para la propia. Ese argumento, tan pueril como infame, es la coartada de un alma ruin y del espíritu servil de quienes renuncian al pensamiento, todo antes de reconocer que sus manos también están manchadas de miserias.

A quienes justifican su adhesión al PSOE alegando que «lo que hay enfrente es peor», es menester advertirles que el mal menor, cuando se acepta sin análisis, se transmuta en un mal mayor. La moral no entiende de rebajas, como tampoco la justicia debe negociarse. Rufián se resigna al mal por miedo al otro, y así no hace sino ser cómplice del mal que tolera. O eso, o su maldad supera a la del primero. 

Frente a este circo está el contribuyente español, el que paga los vicios, los robos, las mordidas, las putas, las tropelías y los desmanes de quienes deberían mejorarnos la vida. Porque España sólo reclama decencia, funcionarios íntegros y nadie que le robe. En contrario, tenemos una clase dirigente que en lugar de afrontar la verdad con gallardía, se parapeta tras miserables consignas de partido, refugiándose en el sectarismo y convirtiendo la política en un lodazal.

No estamos en un juego de equipos. Aquí no hablamos de bufandas ni de colores. Hablamos de ética, moral y justicia, y decimos de la vergüenza que debería abrasar a quienes pudiendo alzar la voz prefieren callar; a quienes, pudiendo transformar, prefieren encubrir; y a quienes, pudiendo servir a España, sólo se sirven de ella.

Llegará el día en el que los que callan serán juzgados por lo que no se atrevieron a hacer. Y ese juicio, lo estimo más severo que cualquier tribunal, porque revelará quién estuvo a la altura y quién se escondió tras la sombra de su propia cobardía.