Si vis pacem, para bellum

Demasiado tarde para la vivienda

En España hay temas que funcionan como las series largas, se anuncian nuevas temporadas, cambian algunos actores y el argumento sigue siendo el mismo, pero con pocos giros en el guion. La vivienda es, probablemente, la serie más longeva de todas, anclada desde hace tiempo en el género del drama. Y como toda buena serie interminable, el problema no es tanto la trama, como el hecho de que el desenlace no llega. Y pinta a final poco feliz.

Se habla mucho del precio. Se habla bastante de la demanda. Se habla, con menor entusiasmo, de la oferta. Pero casi nunca se habla de lo verdaderamente estructural, el tiempo.

Porque en España la vivienda no es solo cara. Es, sobre todo, lenta. Lenta en su origen, lenta en su desarrollo y, a veces, medida en unidades de paciencia (tanto para el promotor como para el comprador), una magnitud no oficial, limitada, pero perfectamente reconocible para cualquiera que haya intentado transformar suelo en vivienda en un plazo razonable.

En los últimos años, los plazos para obtener licencias y permisos en suelos ya finalistas han crecido de forma notable. No hablamos de ajustes marginales, sino de incrementos suficientes como para que la planificación deje de ser una cuestión técnica y pase a ser casi un ejercicio de fe. 

A esto se suma otro elemento menos visible, pero igualmente determinante, las crecientes dificultades para asegurar el suministro eléctrico en determinados desarrollos urbanísticos y la falta de mano de obra en el sector de la construcción. Dos factores distintos, pero que convergen en el mismo resultado, la ralentización efectiva de la capacidad de producción de vivienda. Algo tan básico como dotar de infraestructuras o ejecutar obra en plazo se convierte en un cuello de botella adicional en fases ya avanzadas del proceso. El resultado es difícil de explicar sin cierta perplejidad, suelo disponible, demanda real y proyectos viables que, aun así, no terminan de materializarse.

En este contexto, si se sigue el recorrido completo desde la aprobación o impulso del planeamiento urbanístico hasta que la vivienda está efectivamente construida, el ciclo puede acercarse, en muchos casos, a los dieciocho años de media. Dieciocho años es casi una generación. Es decir, en España la vivienda no solo tarda en producirse, sino que lo hace en un horizonte temporal que desborda incluso la capacidad de planificación de quienes la impulsan. Porque si los proyectos de vivienda tardan demasiado en materializarse, la oferta no crece al ritmo necesario y, en consecuencia, los precios difícilmente pueden moderarse. 

Y en ese recorrido aparece un actor que rara vez se menciona de forma explícita, pero que condiciona buena parte del proceso, las administraciones locales. Muchos ayuntamientos se enfrentan a una tensión difícil de resolver entre permitir el crecimiento urbano y gestionar su impacto. Más vivienda implica más presión sobre servicios públicos, infraestructuras y capacidad de respuesta municipal. Y al mismo tiempo ese crecimiento puede percibirse como una alteración del equilibrio urbano o del valor residencial de quienes ya viven allí, que también son votantes. Esa combinación, legítima desde su lógica interna, introduce una prudencia adicional que, sumada al resto del sistema, ralentiza aún más los tiempos y desespera a unos y otros.

Históricamente, la vivienda ha sido uno de los ejes básicos del proyecto vital en España. Tener una casa no era solo una decisión económica, era casi un hito vital, una línea de llegada clara dentro de un recorrido más o menos previsible. Estudiar, trabajar, ahorrar, comprar vivienda. No necesariamente en ese orden, pero dentro de un horizonte reconocible. Hoy ese esquema sigue existiendo en el imaginario colectivo, pero cada vez menos en la realidad.

Para muchos jóvenes, la vivienda ya no es un objetivo a medio plazo, sino una incógnita aplazada, por no hablar de una utopía. El acceso se retrasa, la estabilidad laboral se fragmenta y el horizonte temporal se estira hasta dejar de ser horizonte. No es solo una cuestión de precios, sino de tiempos que no encajan con los ciclos vitales.

Y mientras tanto, el debate público sigue moviéndose con la misma lógica absurda de siempre, como si el problema se resolviera con nuevas capas normativas, anuncios o ajustes parciales que rara vez tocan el núcleo del asunto. Porque cuando el sistema tarda años en producir vivienda, no solo afecta al mercado. También reconfigura expectativas.

Y, sin embargo, las consecuencias son menos anecdóticas de lo que parece. Cuando los plazos se alargan, la oferta llega tarde, el precio se tensiona y el problema deja de ser técnico para convertirse en social. El sistema, en el fondo, acumula una contradicción conocida, se exige más vivienda, pero se complica su producción; se reclama agilidad, pero se multiplican los trámites; se pide oferta, pero se aceptan cuellos de botella. 

El desenlace es una desconexión creciente entre la urgencia del problema y la capacidad real de respuesta. Quizá por eso, más que hablar de precios, conviene también hablar de plazos. Porque el coste real de la vivienda no está solo en el metro cuadrado, sino en el tiempo que tarda en llegar.