Durante años, el debate sobre la homeopatía se ha movido entre creencias personales, marketing y una cierta tolerancia institucional. Sin embargo, el reciente informe de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) ha puesto fin a cualquier ambigüedad científica: no existen pruebas de que la homeopatía tenga eficacia terapéutica más allá del placebo. Y no lo dice un grupo marginal, sino la autoridad sanitaria que regula los medicamentos en España.
El informe es contundente. Tras revisar decenas de estudios, concluye que los supuestos efectos beneficiosos desaparecen a medida que aumenta el rigor metodológico. Es decir, cuanto mejor se estudia la homeopatía, menos efecto tiene. Un resultado bastante claro, después de tantos años de ambigüedad.
Ahora bien, aquí empieza la anomalía. A pesar de estos resultados concluyentes, en España siguen existiendo 976 productos homeopáticos registrados, todos ellos sin indicación terapéutica autorizada. Y no es un detalle menor: la legislación permite su comercialización mediante un procedimiento simplificado que no exige demostrar eficacia, siempre que el producto sea lo suficientemente diluido como para considerarse inocuo.
Es decir, se autoriza precisamente porque no hace daño. Una lógica curiosa para algo que se presenta como tratamiento.
El problema es que la inocuidad no es neutral. El propio informe de la AEMPS advierte que el principal riesgo no está en el producto en sí, sino en sus consecuencias: el retraso o abandono de tratamientos eficaces. Y aquí ya no estamos hablando de filosofía, sino de salud pública. Cuando alguien sustituye una terapia que funciona por otra que no ha demostrado hacerlo, las consecuencias pueden tener un coste para la salud.
Mientras tanto, los farmacéuticos se encuentran en una situación peculiar. Están obligados a dispensar estos productos cuando se solicitan, porque así lo establece la normativa vigente. No porque sean eficaces, sino porque están legalmente registrados. Una obligación que refleja mejor que cualquier discurso la incoherencia del sistema.
La paradoja no es solo española. Durante años, países como Francia y Alemania han llegado incluso a financiar estos productos con fondos públicos. Francia eliminó el reembolso en 2021 tras constatar su falta de eficacia, y Alemania se encamina a hacer lo mismo. Es decir, Europa ha pasado de pagar por ellos a retirarlos discretamente del sistema.
Y, sin embargo, la normativa que permite su existencia sigue prácticamente intacta.
En el fondo, la cuestión es sencilla: ¿puede un sistema sanitario basado en pruebas concluyentes seguir tolerando productos que no la tienen? La respuesta, por ahora, es un “sí, pero…”. Un “sí” legal, heredado de directivas europeas antiguas, y un “pero” científico cada vez más difícil de ignorar.
Porque la homeopatía no es peligrosa por lo que es, sino por lo que sustituye. Y ese matiz, que parece pequeño, es precisamente el que marca la diferencia entre una decisión inocua y una decisión que puede costarnos la salud.