Mientras se sucede sin pausa la brutal represión de las protestas en Irán —en las que, según diversas fuentes, podría haber ya más de tres mil víctimas mortales y miles de detenidos aún por contabilizar—, llama poderosamente la atención el silencio de la izquierda ante estos hechos y las escasas protestas que se están produciendo en las ciudades europeas para condenar al bárbaro régimen teocrático iraní.
Tras más de dos años atacando a Israel y denunciando el supuesto “genocidio” de Gaza, llegando incluso a provocar acciones antisemitas —interrupciones de la Vuelta Ciclista a España, ataques a sinagogas e instituciones judías—, ahora comprobamos con claridad la existencia de un doble rasero entre una matanza perpetrada por el oprobioso gobierno iraní y la guerra de autodefensa del Ejército israelí, desencadenada tras la mayor masacre de judíos desde el Holocausto.
Países como España, Noruega, Irlanda, Eslovenia, Colombia y Brasil —todos ellos gobernados, no casualmente, por la izquierda— llegaron al extremo de romper relaciones diplomáticas con Israel, cortar vínculos comerciales y económicos y colocar al Estado hebreo en el centro de la diana de sus atávicos odios antisionistas, cayendo en un antisemitismo de tintes casi goebbelsianos. El nuevo antisionismo, que sitúa al judío en el epicentro de la animadversión colectiva, no es sino el viejo antisemitismo de siempre.
Las declaraciones de numerosos líderes de izquierda en estos meses —entre los que destacan el francés Jean-Luc Mélenchon, el británico Jeremy Corbyn, las dirigentes podemitas Ione Belarra e Irene Montero y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, por citar solo algunos— han demostrado de forma palmaria que la izquierda europea mantiene un problema profundo con la cuestión judía, convertida ya en una obsesión patológica y enfermiza digna de análisis psiquiátrico.
Este doble rasero entre lo que sucede en Irán y lo ocurrido en Gaza —dos situaciones bien distintas y claramente diferenciadas— pone de manifiesto la hipocresía y el cinismo de una izquierda incapaz de solidarizarse con el pueblo iraní, masacrado impunemente en las calles de su país, mientras durante meses ha estado machacando con el reiterado y cacareado “genocidio de Gaza”. Se han prohibido conferencias de judíos prominentes, se han cancelado festivales de cine israelíes, ayuntamientos como el de Barcelona rompieron todos sus vínculos culturales con Israel y, en un exceso grotesco, ¡hasta se ha pretendido excluir a Israel de Eurovisión para que nuestros artistas no tuvieran que “codearse” con judíos!
Pero si en Europa llueve sobre mojado, en América Latina tampoco escampa. El presidente de Colombia, Gustavo Petro, se ha convertido en un referente internacional del nuevo antisemitismo y durante su mandato ha ofrecido múltiples pruebas de ello: ruptura de relaciones con Israel, exigencia de visados a ciudadanos israelíes para visitar su supuesto “paraíso” socialista y prohibición de todo contacto comercial y económico con el Estado hebreo.