Hace tres días me preguntaba en un artículo publicado en El Diario de Madrid, si se puede medir la felicidad, aventurando hipótesis sobre los fallos del informe que viene realizando la universidad de Oxford sobre esta cuestión. Hoy me topo con el informe de la OCDE sobre la infelicidad de niños y jóvenes que viene a confirmar muchas de mis afirmaciones.
La OCDE, con bastante menos lirismo escandinavo y bastante más prudencia técnica, acaba de reconocer que la salud mental de niños, adolescentes y jóvenes se deteriora en la mayor parte del mundo desarrollado desde hace más de una década. Y no hablamos de una percepción subjetiva de “sentirse menos feliz”, sino de ansiedad, depresión, autolesiones, hospitalizaciones psiquiátricas y desesperanza vital medible.
Entre 2012 y 2022, nueve de los once países con estadísticas comparables registraron un empeoramiento anual de la salud mental juvenil de entre el 3% y el 16%. El fenómeno afecta especialmente a chicas adolescentes. En algunos países, más de dos tercios de las jóvenes de 15 años reconocen síntomas frecuentes de malestar psicológico. Las autolesiones aumentan de forma alarmante y el consumo de asistencia psiquiátrica juvenil se dispara. La pandemia agravó el problema, sí, pero la OCDE insiste en algo esencial: el deterioro comenzó mucho antes de la COVID.
Y aquí es donde el relato del World Happiness Report, de la Universidad de Oxford empieza a resquebrajarse. Porque muchos de los países que encabezan sistemáticamente los rankings de felicidad en ese informe son precisamente los que presentan algunos de los peores indicadores de ansiedad, aislamiento social, medicalización psicológica y sufrimiento emocional juvenil. Algo falla cuando las sociedades oficialmente más felices producen generaciones enteras medicadas contra la angustia.
El informe de la OCDE introduce además elementos mucho más serios y menos ideológicos que los habituales cuestionarios de satisfacción vital: impacto de las redes sociales, trastornos del sueño, ciberacoso, inseguridad económica, presión académica, pérdida de relaciones presenciales, y deterioro de las expectativas de futuro. Es decir, cuestiones concretas, observables y compatibles con la experiencia cotidiana de cualquier familia que tenga adolescentes cerca.
Mientras tanto, el modelo nórdico sigue presentado como una especie de paraíso emocional estadístico, aunque combine altas tasas de soledad, fuerte consumo de antidepresivos y relaciones sociales mucho más frías y atomizadas que las mediterráneas. La OCDE, prudentemente, no llega a decirlo de forma tan explícita, pero deja entrever: que el bienestar humano no depende solo de renta, eficiencia institucional o conexión digital. También depende de vínculos familiares, sociabilidad espontánea, contacto intergeneracional y sensación de pertenencia. Es decir, precisamente esas cosas antiguas y mediterráneas que no caben bien en los modelos matemáticos de Oxford.
Quizá ha llegado el momento de dejar de medir la felicidad como quien calcula la sensación térmica sin mirar el termómetro y empezar a observar algo más importante: cómo viven realmente las personas, cómo se relacionan, cuánto sufren y qué esperanza tienen en el futuro. Y, la pregunta inevitaable es: ¿una sociedad puede declararse muy satisfecha mientras sus jóvenes se hunden silenciosamente?