El ex presidente de Chile, Ricardo Lagos, el primer mandatario de izquierdas en llegar al poder luego de la dictatura de Pinochet, acuñó una frase en 2011 que podría valer para cualquier democracia y, más aún para la española por estos días: “Dejemos que las instituciones funcionen”. Socialista, pero demócrata, ante todo, ha sido defensor del respeto a la independencia de los poderes del Estado y a evitar que las presiones políticas -directas o indirectas- interfieran, por ejemplo, en los procesos judiciales.
¿Por qué es importante que las instituciones funcionen? La respuesta parece sencilla. Si las instituciones dejan de funcionar y el poder político las corrompe, el sistema democrático se comienza a erosionar y las “malas prácticas” se transforman en lo habitual. Las líneas rojas y el listón cambian y se normalizan conductas y prácticas poco éticas, que pueden incluso, rozar en lo ilegal. Que las instituciones funcionen no solo es responsabilidad del gobierno de turno, también es responsabilidad de los partidos de oposición. Si la oposición no hace nada y se limita solo a unas cuantas interpelaciones en el Congreso o en el Senado o a unos cuantos posteos en redes, simplemente se hace cómplice de esa degradación.
Pero la importancia de que las instituciones funcionen va, incluso, más allá. Hace unas semanas asistí a un encuentro sobre geopolítica que organizaba una prestigiosa escuela de negocios de Madrid, uno de los panelistas hacía referencia a que la falta de instituciones o su mal funcionamiento en algunos países generaba que naciones en desarrollo no pudieran dar ese siguiente paso para formar parte de la elite mundial y alcanzar los estándares de las democracias europeas: libertad política, progreso económico y cohesión social.
Ahí está el mayor peligro de que las instituciones no funcionen o de que se corrompan por el gobierno de turno.
No hace falta profundizar en el actual escenario geopolítico para concluir que el contexto es el más incierto de las últimas décadas. Los impactos de la guerra de Irán han tenido un efecto directo en el precio de la energía, fertilizantes y productos petroquímicos, entre otros. Y está por verse cómo impactará en las cuentas de resultados de las empresas este segundo trimestre y lo más importante, si las economías de los países podrán o no resistir este shock. Lo único cierto, hoy, es que las relaciones económicas y políticas no volverán a ser las mismas, que lo que vendrá está transitando entre la estanflación o la recisión, y que la Unión Europea debe definir ahora una hoja de ruta clara frente a Estados Unidos y China, de lo contrario, será irrelevante en el contexto internacional.
Si a eso le sumamos la erosión que pueden sufrir o están sufriendo las democracias de occidente con el debilitamiento de sus instituciones, son el caldo de cultivo perfecto para que populismos tanto de izquierdas como de derechas instalen su discurso y relato en el debate público.
Cuando las instituciones dejan de funcionar existe el peligro, además, de que proliferen Estados dentro de los Estados. Como ocurre en varios países de Latinoamérica, el narcotráfico ha logrado calar las capas de las instituciones y se ha posicionado como “solución” ante esa inestabilidad, dando una respuesta fácil y rápida a las necesidades insatisfechas de los ciudadanos. Incluso, haciéndose del control de barrios y ciudades.
Europa y, en particular, España están lejos de llegar a una situación similar por una serie de razones, tanto sociales, culturales como económicas. Sin embargo, no están inmunes. No son inmunes a los populismos ni tampoco al poder que tienen los carteles y mafias del narcotráfico.
Solo con instituciones independientes, sólidas y que funcionen; con partidos políticos conscientes del deber y la obligación moral que tienen de cara a la ciudadanía, y una opinión pública movilizada, se podrán mantener los ejes que han diferenciado a las democracias europeas del resto de las de occidente. Solo así se mantendrá inalterable la libertad política, el progreso económico y la cohesión social.
Por esta razón es importante dejar que las instituciones funcionen, independiente al gobierno de turno. Saber dar un paso al costado para que las instituciones funcionen y por el bien común, también es un activo y un valor de quienes lideran las democracias.