Hay mañanas en las que uno abre el periódico y entiende que la historia ya no avanza: se desboca. Maduro ya es un capítulo archivado en un juzgado neoyorquino, un episodio que se consume como quien pasa de pantalla en un videojuego. Pero el tablero no se ha quedado quieto. Ahora el foco se desplaza hacia Cuba e Irán, dos escenarios donde el guion parece escrito por un dramaturgo con inclinación por el caos.
En Irán, las calles hierven. Catorce días de protestas, más de 40 muertos, comerciantes y estudiantes desbordando a un régimen que responde con la misma mezcla de solemnidad y brutalidad que lleva perfeccionando desde 1979. Y en medio del incendio aparece Reza Pahlavi, el hijo del último sha, convertido de repente en adalid de la libertad. Llama a una huelga general, promete regresar al país y asegura que “pondremos de rodillas a la República Islámica”.
El heredero improbable, el príncipe exiliado, el símbolo reciclado. La historia tiene estas ironías: a veces el futuro se disfraza de pasado.
Mientras tanto, el Ejército iraní declara que “protegerá los intereses nacionales hasta el final”, que es la forma elegante de decir que está dispuesto a convertir el país en un campo de batalla si hace falta. Y en ese preciso instante, como si hubiera estado esperando su entrada, aparece el presidente estadounidense, advirtiendo que podría intervenir si el régimen usa violencia contra los manifestantes.
El pacificador que mueve los hilos. El titiritero global. El hombre que ha descubierto que posar como árbitro del caos da más rédito que cualquier discurso.
Cuba, por su parte, observa el espectáculo con la serenidad del que ya ha sobrevivido a once presidentes estadounidenses y a un bloqueo que debería tener su propio museo. Pero el mensaje es claro: si Irán tiembla, La Habana no puede permitirse pestañear. El silencio estadounidense pesa más que cualquier amenaza explícita.
Y ahí, entre drones, huelgas generales, príncipes exiliados y advertencias presidenciales, vuelve a asomar Carl von Clausewitz, ese prusiano que jamás imaginó que sus teorías acabarían aplicándose en un mundo donde la guerra se libra con fiscales federales, hashtags y cámaras HD. Pero su brújula sigue funcionando:
cuando la política se estanca, la historia busca un atajo.
Y los atajos, en este siglo, suelen venir acompañados de muertos, comunicados y líderes que se presentan como salvadores mientras empujan las piezas del tablero.
Clausewitz, desde su tumba prusiana, debe de estar sonriendo.
Trump, desde su estrado, también.
Y nosotros, desde esta columna, seguimos intentando recordar cómo era el agua cuando fuimos peces, mientras el mundo se llena de depredadores que ya ni siquiera necesitan océanos: les basta un despacho, un dron y un micrófono. La caída de Maduro fue solo el ensayo general. El impasse con Cuba y la rebelión iraní son el escenario principal. Y quien no entienda el ritmo, acabará convertido en decoración geológica, como esos fósiles que se exhiben para que los escolares aprendan lo que no supimos evitar.
El problema no es que la política se haya militarizado.
El problema es que la militarización se ha vuelto rutina, trámite, protocolo.
Y en este paisaje de decisiones quirúrgicas y amenazas en diferido, uno empieza a sospechar que los peces no éramos nosotros, sino los ingenuos que creímos que el agua era un refugio. Ahora sabemos la verdad: el agua era solo el silencio antes del mordisco.