El Osorio y el Madroño

Anécdotas de políticos

Posiblemente, la mejor frase de toda la historia parlamentaria española sea la que se atribuye a don Práxedes Mateo Sagasta:

—Ya que gobernamos mal, por lo menos gobernemos barato.

Otro modelo de integridad y amor a la función pública fue don Francisco Pi y Margall. Recién nombrado ministro de Gobernación, se le acumulaba el trabajo en el despacho cuando llamó a un conserje.

—Tome este dinero y vaya a comprarme algo de comer a la fonda de la esquina, que guisan bien y barato.

—Pero, señor —contestó el conserje—, aquí en el ministerio tenemos concierto con los mejores restaurantes de Madrid: Lhardy y el de los Cisnes. Basta con que usted lo pida y se lo traerán. No hace falta que gaste dinero de su bolsillo.

Pi y Margall, visiblemente molesto, respondió:

—Mire usted, yo tengo por costumbre pagar lo que me como. Se acabó eso de comer de gorra, que para eso nos pagan un sueldo.

No menos austero fue don Nicolás Salmerón. Al terminar su primera jornada como ministro de Gracia y Justicia, abandonaba el ministerio cuando un ujier corrió hacia él.

—¡Excelencia, excelencia, su coche oficial está preparado!

—¿Qué dice usted, hombre? —replicó Salmerón—. Aquí no hay excelencias y, además, yo no tengo coche.

Y, dicho esto, se marchó andando a su casa.

Nunca ha sido fácil la vida política. Don Ángel Ossorio y Gallardo fue encarcelado por su oposición a la dictadura del general Primo de Rivera. Durante su estancia en prisión recibía con frecuencia la visita de un caballero que se decía admirador suyo, pero cuya insistencia acabó por resultarle insoportable.

Un día, Ossorio se dirigió al oficial de prisiones y le pidió:

—Por favor, si este hombre vuelve a visitarme, dígale que he tenido que salir de viaje.

En estos tiempos en que algunos políticos mediocres, faltos de argumentos, recurren a la descalificación y la calumnia, resulta oportuno recordar una respuesta de don Antonio Cánovas del Castillo.

En cierta ocasión le preguntaron si conocía algún medio para evitar las calumnias. Cánovas, con su habitual ironía, contestó:

—Hay un método muy sencillo: hacer lo que dicen que hacemos.