Hay días de enero en los que el frío no viene del cierzo, sino de la memoria. Uno sale a la calle y nota que el aire pesa distinto, como si arrastrara ecos que no son de este tiempo. Enero obliga a mirar hacia atrás, y en Aragón, cuando uno mira hacia atrás, siempre acaba encontrándose con un puñado de hombres y mujeres que, en algún momento, decidieron que rendirse no era una opción.
Quizá por eso, cada 14 de enero, vuelvo a pensar en Alcañiz. No en la ciudad tranquila que hoy se asoma al Guadalope, sino en aquella otra que, en mayo de 1809, se preparaba para la mayor batalla de su historia. Una ciudad pequeña, rodeada de cerros, que de pronto se vio convertida en frontera entre la humillación y la dignidad.
Dicen que los vecinos lo sintieron antes de verlo. Que el río bajaba más oscuro. Que los olivares guardaban un silencio tenso. Que el castillo calatravo miraba hacia el norte como quien presiente un golpe. Y que, cuando apareció el general Joaquín Blake con su ejército heterogéneo —8.500 infantes, 500 jinetes, diecinueve cañones y una determinación que no cabía en los mapas—, la ciudad entera entendió que algo estaba a punto de cambiar.
No era solo una batalla.
Era un pulso entre dos maneras de estar en el mundo:
la del imperio que avanza porque puede,
y la de una tierra que resiste porque debe.
Me gusta imaginar a los vecinos de entonces: las mujeres que llevaban agua a las líneas, los muchachos que miraban desde las tapias, los viejos que murmuraban “que Dios les guarde”, los soldados que aferraban el fusil como si fuera una promesa. Me gusta pensar que, en aquel amanecer del 23 de mayo, todos ellos sabían que estaban escribiendo algo que no era solo suyo, sino de todos los que vendríamos después.
Los franceses atacaron una y otra vez, como un mar que no se cansa de golpear la roca. Pero la roca resistió. Resistió en los Pueyos, donde la infantería ligera se aferró a la tierra. Resistió en el Perdiguer, donde los polacos del Vístula descubrieron que no todos los cerros se dejan conquistar. Resistió en el caserío de Tella, donde la caballería española salió como un relámpago desde los olivares. Y resistió, sobre todo, en el cerro de las Horcas, donde los cañones de Loygorri hablaron con la voz de un país entero.
A veces la historia se decide en un gesto.
Ese día, el gesto fue una mano levantada.
La mano de Loygorri, esperando el instante exacto.
La mano que bajó.
Y entonces el mundo estalló.
Cuando cayó la tarde, Aragón había vuelto a levantarse. Los franceses huyeron durante la noche, dejando quinientos cadáveres en el campo y mil quinientos heridos evacuados a toda prisa. Los españoles habían perdido trescientos hombres. Pero habían ganado algo que no cabe en ninguna cifra: la certeza de que la dignidad, cuando se defiende juntos, pesa más que cualquier imperio.
Hoy, en pleno enero, conviene recordarlo.
Porque el invierno no solo trae frío.
Trae memoria.
Y la memoria, cuando se despierta, nos recuerda quiénes fuimos…
y quiénes aún podemos ser.