El programa cultural El Ático, emitido en Canal 33 y Radio Intercontinental, convirtió su edición número 51 en una defensa del teatro como espacio de presencia, verdad y experiencia compartida frente al avance de la inteligencia artificial. El espacio, dirigido por David Enguita, abordó el impacto de la tecnología en el sector cultural y planteó una cuestión central: ¿puede la IA sustituir la emoción y la vibración de un actor en directo?
La respuesta fue unánime entre los participantes: el teatro no compite con algoritmos porque su esencia reside en el encuentro humano y en la energía que se genera entre intérpretes y espectadores. La conversación reunió cuatro propuestas activas en la cartelera madrileña —teatro clásico, comedia contemporánea y sátira social— y dejó un mensaje claro: la cultura sigue viva gracias al oficio, la exigencia y la valentía de quienes suben al escenario.
El clásico como búsqueda de la verdad humana
La directora Irina Kouberskaya, fundadora del Teatro Tribueñe, presentó su versión de La Gaviota de Chéjov, en cartel los sábados de marzo a las 18:00 horas. El montaje incorpora cartas y textos del autor para profundizar en la dimensión psicológica y humana de los personajes.
Kouberskaya defendió que la inteligencia artificial puede transformar el audiovisual, pero reforzará el valor del teatro porque “nunca podrá dar el contacto, la vibración de un cuerpo a otro”. Para la directora, el oficio escénico implica “saber cada vez más sobre la humanidad” y mantener vivo el misterio del ser humano.
En la misma línea, la actriz Catarina de Azcárate, protagonista del montaje, subrayó que la IA no puede sustituir “la verdad que se produce en una obra de teatro y que el espectador va a buscar”. También destacó la intensidad emocional del proceso creativo y la exigencia que implica cada función, donde el miedo escénico sigue siendo parte del ritual.
La comedia como espejo del mundo laboral
El programa también dio voz a Paula García Lara, actriz de Atrapadas en la ofi, que se representa en el Teatro Lara hasta el 24 de mayo. La comedia, ambientada en el entorno corporativo y acompañada de música de los años 70 y 80, aborda temas como la precariedad, la ambición y la soledad en el trabajo.
García Lara alertó sobre los riesgos que la inteligencia artificial puede suponer para los intérpretes si no existe una regulación clara, advirtiendo de que la tecnología podría utilizar la imagen y la voz de los actores sin su participación ni compensación. Al mismo tiempo, reivindicó la resiliencia de la profesión, marcada por la incertidumbre y los rechazos constantes.
Sátira contemporánea y crítica al sector
La cuarta propuesta, Me cago en el porno, en los Teatros Luchana, apuesta por una comedia negra que utiliza la industria del cine para adultos como metáfora de la precariedad artística y las contradicciones del sector cultural.
Su intérprete, Lorena Antequera, explicó que el objetivo es provocar reflexión a través del humor ácido y mostró su rechazo a entrenar sistemas de inteligencia artificial con su trabajo. También quiso desmontar uno de los tópicos más extendidos sobre la profesión: “Ser actor no es fácil”, subrayando la necesidad de visibilizar las dificultades del oficio.
El teatro como presente, no como nostalgia
El cierre del programa reforzó la idea central de la noche: el teatro no es un arte del pasado, sino una forma cultural plenamente vigente, capaz de adaptarse a los cambios sin perder su esencia. Como resumió David Enguita, el escenario puede adoptar múltiples formas —clásico, musical o provocador—, pero siempre mantiene algo que la tecnología no puede replicar: la verdad de lo que ocurre en directo.
La emisión concluyó con recomendaciones culturales y familiares en Madrid, confirmando el objetivo del espacio: acercar la cultura viva al público y defender el valor de la experiencia presencial en un entorno cada vez más digital.