Inicio de lectura: 00:00:00. Nacemos en un año, un mes, un día, una hora, un minuto. Y a partir de nuestro original segundo, no olvidamos celebrar un cu-cu-cuando. Festejamos cu-cu-cumpleaños: recompensamos el vivir hasta los mínimos instantes. Invisibles cada uno de ellos, cierto, pero siempre presentes. «Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo de los cielos tiene su hora» (Eclesiastés, 3). El tiempo, pues, un camino. Y, a veces, un analgésico: «No te preocupes. Con el tiempo olvidarás. Vas a ver». O el tiempo, una inversión: «- ¿Qué puede comprar que no le sea posible pagar ya? / - El futuro. Sr. Gittes. El futuro», responde el riquísimo anciano Noah Cross en Chinatown (Roman Polanski, 1974). … O el tiempo, un tesoro, concepto que nos lleva al «memento mori», locu-cu-cución clásica en torno a la fugacidad de la vida, pero igualmente sobre la consideración de tener en cu-cu-cuenta la mortalidad como una brújula para saber dirigirnos solo a nuestras valiosas prioridades. «El descubrimiento más importante que hice pocos días después de haber cumplido los sesenta y cinco años fue que no podía perder el tiempo haciendo cosas que no quiero hacer», dice Jep Gambardella en La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013). Y si sentimos que se nos fuga entre dos peces de hielo / en un whisky on the rocks (¿bien, Joaquín Sabina?), lo camuflamos con cirugías o maquillajes. O lo distorsionamos, al igual que aquel mendigo que me preguntó delante de un cine si era mañana o si era tarde. O lo esperamos en una perpetua ficción, imitando al engañado Virgil Oldman, que se refugia en el restaurante «Night and Day» de La mejor oferta (Giuseppe Tornatore, 2013). Rodeado de relojes. Fantaseando solitario con la llegada de una felicidad que no volverá. «- ¿Servicio para uno, señor? / - No. Aguardo a una persona». Pero en ese afán por atesorar tiempo, hay quien se cansa de ser un cuco marcando y marcando y marcando horas frente a recu-cu-currencias o rutinas, como el eterno Raymond Fosca en Todos los hombres son mortales, de Simone de Beauvoir (1946). O no tiene paciencia (¿… oyendo un mexicano «ahora»?). … O se rebela con un «para qué» el infinito temporal, si realmente no es más que un vacío, según Stanley Kubrick en Barry Lyndon (1976). En mi caso, y eso que disfruto con The Byrds y su «Turn Turn Turn», prefiero seguir volando con la idea de una existencia sin epílogo, aunque las alas impidan caminar, tomando palabras de Charles Baudelaire ante un albatros. Y, así, también, suponer que en algún mañana tendré la oportunidad de sanar mis heridas de junco. Y entonces no formaré parte del club de Santiago. (Sí, Santiago, el personaje de Mario Vargas Llosa en Conversación en La Catedral, que haría lo que fuera por saber en qué momento de su vida se jodió). Y entonces no declararé lo que Stephen Bishop canta en Tootsie (Sydney Pollack, 1982): «Tiempo. He gastado el tiempo viendo los trenes pasar. Toda mi vida». … Y si en esa eternidad el espíritu de mi pasado no alcanza a enorgullecerse de mi futuro, me quedará el cine, mientras. Ahí sé que incluso las tristezas se ponen guapas. Ahí las horas, los minutos, los segundos corren inamovibles… y felizmente vividos. Simple cu-cu-cuestión personal. Lectura completa: 00:02:31.
Más en Crónica Cultural
Mosaico literario y cultural
Artur Lundkvist se convirtió en el padrino literario de Macondo
Poéticas de la inteligencia