La versión española del musical de «Los Miserables», la aclamada producción de Cameron Mackintosh, consigue, en su regreso, un milagro difícil: condensar el océano narrativo de Víctor Hugo sin perder su profundidad moral, su inmensa arquitectura de almas. El musical, lejos de limitarse a ilustrarla, la convierte en respiración, en música, en la carne de un elenco que se deja cada noche la piel en unas interpretaciones memorables que convierten la pieza, a mi gusto, en lo mejor de la temporada musical.
Jean Valjean emerge como esos héroes dostoievskianos que parecen cargar sobre la espalda no solo su culpa, sino la del mundo entero. Frente a él, Javert no es un villano, sino la encarnación de una tragedia griega: un hombre tan fiel a la ley que termina siendo destruido por la irrupción de la misericordia, una suerte de Creonte decimonónico. Entre ambos se abre una de las preguntas eternas de la literatura occidental: qué pesa más, la justicia o la compasión.
Y mientras ellos combaten, alrededor florece la humanidad entera. Fantine, desgarrada como una heroína romántica; Éponine, heredera de todas las amantes silenciosas de la literatura; los jóvenes de la barricada, que avanzan hacia la muerte con la misma luminosa inconsciencia que los personajes de las grandes epopeyas, numantinos, con víctima infantil incluida.
La producción española abraza esa dimensión épica con inteligencia. La música de Alain Boublil y Claude-Michel Schönberg continúa funcionando como una corriente subterránea capaz de arrastrar al espectador desde la intimidad de una confesión hasta el estruendo de la Historia, con mayúsculas. Sus canciones son auténticos monólogos dramáticos, no descubro nada aquí, donde los personajes revelan aquello que ni siquiera sabían que llevaban dentro.
Hay algo profundamente teatral en la forma en que el espectáculo articula la multitud. Hugo siempre entendió que el pueblo era un personaje, no un decorado, no un coro: un personaje. Y aquí vuelve a serlo cuando cada rostro anónimo parece formar parte de esa inmensa corriente humana que atraviesa la novela y que convierte la miseria individual en una cuestión colectiva.
Quizá por eso el musical sigue emocionando décadas después de su estreno y continúa regresando a los escenarios españoles. Porque habla de hambre, de desigualdad, de exclusión, de esperanza y de redención; asuntos que transmutan con el vestuario de los siglos, pero nunca abandonan del todo el escenario de la historia.
El humo desaparece, las luces se apagan y la orquesta calla. Pero Valjean sigue caminando. Fantine sigue soñando. Los estudiantes siguen levantando su bandera imposible. Igual de imposible que resulta contemplar hoy las barricadas de «Los Miserables» sin pensar en un mundo que sigue debatiéndose entre la dignidad y el poder, entre la justicia y el privilegio. Mientras las desigualdades se ensanchan y los discursos de odio vuelven a ocupar espacios que creíamos superados, la obra de Hugo resuena con una vigencia inquietante. Y quizá por eso sigue interpelándonos. Nos obliga a preguntarnos, como espectadores y como ciudadanos, de qué lado de la historia queremos estar cuando la compasión y la justicia vuelven a enfrentarse.
Y esa canción, dos siglos después, continúa sonando.