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Jordi Melendo, la gran voz del champagne: “Cada copa cuenta una historia”

Jordi Melendo es una de las voces más reconocidas del champagne en el mundo hispanohablante.
Jordi Melendo - © Michel Jolyot
photo_camera Jordi Melendo - © Michel Jolyot

Descubrió su pasión a los 14 años, publicó su primer libro sobre cava con solo 18 y, tras su primer viaje a Champagne en 1992, dedicó su carrera a este vino y a su cultura. Es Ambassadeur du Champagne en España, Officier de l’Ordre des Coteaux de Champagne y autor de Historias del Champagne, además de creador de la Guía Melendo del Champagne, referencia imprescindible para profesionales y aficionados. Reside en Reims, donde mantiene un contacto directo con maisons y vignerons, y se ha convertido en un puente esencial entre Champagne y el público de habla hispana.

En 2026 presentó en Madrid la 4.ª edición del “Salón Melendo del Champagne”.

Con este contexto —su trayectoria, su mirada y el impulso que supone este nuevo Salón Melendo— queremos profundizar ahora en cómo Jordi interpreta la relación actual del público con el champagne y, especialmente, con sus aromas. A partir de aquí, abrimos la conversación con las preguntas que guiarán esta entrevista.

1. Tras cuatro ediciones en Madrid, ¿qué señales o percepciones utilizas para valorar cómo está calando el Salón Melendo del Champagne en el mercado español, tanto en términos de formación como de distribución y posicionamiento?

España se mantiene desde hace años en el noveno puesto del mercado mundial del champagne, con alrededor de 4 millones de botellas en 2025; esto no ha cambiado mucho. Lo que sí he apreciado es que cada vez el consumidor es más conocedor: su inquietud por aprender ha hecho que su paladar evolucione y comience a abrirse a la impresionante diversidad de vinos que ofrece el champagne, con sus diferentes concepciones y estilos.

2. ¿Cómo ha evolucionado el perfil de los expositores —vignerons, cooperativas y maisons— y qué revela esta evolución sobre la relación entre Champagne y el público profesional español?

Estados Unidos, el Reino Unido o Japón son mercados con un volumen mayor que el de España, pero percibo claramente que los productores de champagne —y, por tanto, los expositores que participan en el salón— adoran nuestro país y sus costumbres. Además, hay que tener en cuenta que en España contamos con algunos de los mejores restaurantes del mundo, reconocidos por la crítica gastronómica internacional, y el hecho de que el champagne esté presente de forma privilegiada en sus cartas tiene una repercusión mucho más relevante.

En cuanto al público, vuelvo a lo mencionado en la pregunta anterior: el paladar evoluciona, y el del consumidor español ha evolucionado mucho en los últimos años. El gusto —o mejor dicho, el buen gusto— progresa; es difícil que te produzca el mismo placer un jamón sencillo después de haber probado un buen jamón de bellota.

3. En términos de cultura y comunicación del champagne, ¿qué avances percibes en el discurso profesional en España: mayor interés por el terruño, los ensamblajes, las añadas o la sostenibilidad?

Un poco de todo. De hecho, los diferentes terruños, las innumerables alternativas en los ensamblajes, la gran diferencia entre añadas cálidas y frías, y el esfuerzo por la sostenibilidad se traducen en diversidad. Creo que la diversidad de los vinos que ofrece Champagne es única en el mundo y uno de sus grandes patrimonios.

4. Desde tu experiencia, ¿crees que ha llegado el momento de que la divulgación del champagne incorpore con más fuerza su dimensión aromática —familias, moléculas, evolución en copa— entendiendo que el olfato no solo conecta al consumidor con la emoción, sino también con el origen y el terroir que da sentido a cada elaboración?

Pregunta interesante, porque el champagne es un vino asociado a la exquisitez y al lujo, lo que implica disfrutarlo siguiendo normas de degustación muy sofisticadas, lo cual es bueno. Pero no olvidemos que el champagne es un vino directamente ligado a la emoción: lo consumimos en momentos en los que intervienen sentimientos tan profundos como el amor o la amistad. Es absolutamente posible que un champagne sencillo, servido en un vaso de plástico y a una temperatura incorrecta, sea el mejor champagne del mundo si lo compartes con una persona a la que amas en una puesta de sol. Champagne es emoción, y la emoción no se puede medir técnicamente.

Para cerrar, Jordi: después de tantos años dedicado al champagne, ¿qué te sigue emocionando hoy cuando acercas la copa a la nariz —ese instante en que el aroma conecta memoria, paisaje y persona— y qué te gustaría que el público español descubriera aún en ese gesto tan simple y tan profundo?

Un champagne se expresa, te habla, te dice cosas. Si profundizas, puedes llegar a comprender que ese carácter salino procede de un suelo calcáreo, de una tierra que hace millones de años estuvo cubierta por el mar; puedes entender que esa fruta sabrosa es fruto de un año cálido y generoso; puedes apreciar que esos toques de vainilla provienen del aporte de la madera de roble durante la elaboración; y que esos frutillos rojos proceden de la presencia del pinot noir. Hay que valorar todos estos aspectos, pero quizá el matiz más importante sea que, cuando disfrutas de un champagne, normalmente te encuentras en un estado de felicidad. Y en la vida hay que intentar siempre ser felices.

Y mientras despedimos esta conversación, vuelve a nosotros una enseñanza que escuchamos hace años, en aquellas clases de etiqueta y protocolo donde todo parecía más solemne y, a la vez, más sencillo. Nuestro profesor nos dijo entonces, con una convicción que solo da la experiencia: “El champagne es la única bebida noble.”

Hoy, después de escuchar a Jordi Melendo, entendemos aún mejor el sentido profundo de aquella frase. No hablaba solo de prestigio, ni de lujo, ni de tradición. Hablaba de nobleza como un modo de estar en el mundo: la capacidad de elevar lo cotidiano, de unir emoción y conocimiento, de transformar un instante en memoria.

Quizá por eso el champagne sigue siendo un espejo de lo que buscamos: belleza, verdad, celebración, presencia. Una copa que no solo se bebe, sino que se escucha. Una bebida que, como la nobleza auténtica, no se impone: se reconoce.

Que cada lector encuentre en su próxima copa ese gesto antiguo y luminoso que convierte el aroma en paisaje, el paisaje en emoción y la emoción en un pequeño acto de felicidad.