Cuando apenas despuntaba el tercer amanecer del nuevo año y Caracas dormía —incluida la pareja presidencial—, un cuerpo élite de Estados Unidos ejecutó una operación diseñada con precisión durante meses. Espías, seguimientos, infiltraciones, sobornos, negociaciones silenciosas, discursos públicos y mentiras privadas confluyeron en una misma madrugada. Siete puntos estratégicos, vinculados al círculo cercano de Nicolás Maduro y a su cúpula de poder, fueron intervenidos de manera simultánea. Helicópteros a baja altura, drones, comandos en tierra y comunicaciones en clave marcaron el ingreso de una fuerza que no llegó a improvisar, sino a cumplir un plan incubado, calculado para actuar cuando el país, literalmente, dormía.
Durante años se instaló la idea de que cualquier acción de Washington sobre Venezuela obedecería a una noble causa: forzar una transición democrática, restaurar el orden constitucional y devolverle al país una institucionalidad extraviada. Una narrativa cómoda, casi pedagógica, repetida por analistas, opositores y diplomáticos: presión externa, fractura interna, elecciones limpias. Pero la realidad, siempre menos disciplinada que los guiones, terminó imponiéndose.
La rueda de prensa de Donald Trump en Florida no dejó lugar a dudas. No hubo solemnidad democrática ni defensa enfática de derechos humanos. Hubo advertencias, cálculos, amenazas implícitas y una explicación donde Venezuela apareció menos como nación en crisis y más como pieza funcional de la política interna estadounidense. Seguridad, migración, narcotráfico y geopolítica se mezclaron en un mismo discurso, sin pudor ni disimulo.
Desde Caracas, la vicepresidenta Delcy Rodríguez respondió con el libreto conocido: imperialismo, conspiración, agresión extranjera, resistencia heroica. Un discurso que todavía cohesiona a los leales, pero que ya no alcanza para explicar por qué un país rico en recursos sigue empobrecido en expectativas. La épica sigue intacta; la cotidianidad, no.
La comunidad internacional, fiel a su tradición, reaccionó con una coreografía predecible: comunicados tibios, llamados al diálogo, preocupación profunda y compromisos vagos. Algunos condenaron la intervención; otros la justificaron con silencios estratégicos; varios optaron por una neutralidad tan pulcra que roza la irrelevancia. Nadie quiso enemistarse con Washington. Nadie quiso aparecer como aliado pleno de Caracas. Diplomacia en estado puro: hablar sin decir.
En las calles venezolanas, mientras tanto, ocurrió algo menos visible pero más revelador: la gente siguió viviendo. Sin épica, sin comunicados, sin ruedas de prensa. Algunos celebraron la posibilidad de un quiebre. Otros temieron una escalada. Muchos, simplemente, desconfiaron. Porque en América Latina la experiencia enseña que cuando los cambios llegan escoltados por fuerzas extranjeras, la factura casi siempre la pagan los de abajo.
Y entonces, casi sin transición, apareció Colombia en escena. Porque mientras Maduro era señalado con dureza, Gustavo Petro también entraba en el radar de Trump. No con helicópteros ni comandos, pero sí con palabras que pesan: desconfianza, advertencias, señalamientos. Dos presidentes ideológicamente cercanos —aunque distintos en formas y contextos— quedaron bajo la misma mirada. Caracas y Bogotá. Maduro y Petro. El espejo estaba ahí.
Ambos mandatarios invocan con fervor a Simón Bolívar. Lo citan, lo exaltan, lo convierten en referencia moral y política. Hugo Chávez lo hizo bandera fundacional. Maduro lo administra como herencia simbólica. Petro lo reivindica como brújula ética. Pero Bolívar, convertido en icono, ya no alcanza para ocultar las fracturas del presente. Si el libertador pudiera mirar hoy, difícilmente reconocería su reflejo.
Colombia y Venezuela nacieron como naciones hermanas, separadas por fronteras políticas pero unidas por historia, guerras y sueños comunes. Durante décadas se miraron como reflejos imperfectos pero reconocibles. Hoy, al mirarse de nuevo, lo que encuentran no es continuidad, sino fragmentación.
Porque el problema no es solo Maduro. Ni solo Petro. Ni solo Trump. El problema es una cadena de ambigüedades morales y estratégicas donde cada actor cree tener razón y, al mismo tiempo, contribuye al deterioro del conjunto. Washington confunde democracia con control. Caracas equivoca soberanía y cae en miopía política. Bogotá mezcla autonomía con ambigüedad. Y todos, sin excepción, subestiman la inteligencia de los ciudadanos.
La inteligencia —esa palabra tan usada y poco practicada— volvió a salir mal librada por todos. Washington creyó que la fuerza hace lo que la política no resolvió. Caracas creyó que la épica reemplaza a la gestión. Bogotá que podía caminar sobre una cuerda ideológica sin pagar costos internacionales. Cada uno, convencido de su propia verdad, olvidó mirar la historia. Y, sobre todo, mirar al suelo para no tropezar.
Hoy, cuando Venezuela y Colombia se miran, no ven una imagen nítida. Ven un espejo roto. Fragmentos que cortan y hacen daño. Autoritarismos repudiables, democracias frágiles, potencias que intervienen por interés y pueblos atribulados. Un espejo roto no une. Hiere. Y mientras siga roto, cada gesto, cada discurso y cada intervención corre el riesgo de multiplicar las trizas.