Cuando fuimos peces

Madrid, en el umbral: cuando el clima anticipa la ciudad que seremos

Madrid vive estos días en un estado intermedio, como si la ciudad dudara entre el último aliento del invierno y el primer temblor de la primavera. Las mañanas siguen siendo frías, las tardes se estiran un poco más, y en algunas calles ya se intuye ese sol que dentro de unos meses será un visitante más exigente. Es en este umbral, cuando el clima aún no aprieta, pero ya avisa, cuando conviene mirar la ciudad con otros ojos.

Porque Madrid, más que ninguna otra, lleva años escribiendo su biografía en grados centígrados. Las islas de calor - esas acumulaciones térmicas que se quedan atrapadas entre fachadas, asfalto y ausencia de sombra- no desaparecen en invierno: solo se adormecen. Y basta un día templado de marzo para que vuelvan a dibujar el mapa de siempre. Un mapa que separa barrios, que revela desigualdades, que anticipa quién sufrirá más cuando llegue el verano.

En Tetuán, en Usera, en Puente de Vallecas, en Carabanchel, el calor se queda más tiempo. Las viviendas son más antiguas, las calles más estrechas, los árboles más escasos. Mientras tanto, los nuevos desarrollos del norte - Valdebebas, Sanchinarro, Montecarmelo - respiran mejor incluso en los días de bochorno. El clima no inventa nada: solo ilumina lo que ya estaba ahí.

Y en este final de invierno, cuando aún llevamos abrigo, pero ya pensamos en la sombra, conviene recordar otra urgencia que España arrastra desde hace décadas: la necesidad de ampliar el parque de vivienda disponible, no solo en cantidad, sino en calidad urbana. No basta con construir más; hay que construir mejor. Una vivienda no es habitable si el barrio no lo es. Y un barrio no es habitable si el calor lo convierte en un territorio hostil durante medio año.

Planificar la ciudad para hacerla vivible  - y, por qué no, feliz - exige mirar más allá del ladrillo. Exige entender cómo envejecen los barrios, cómo se mueven sus habitantes, dónde falta sombra, dónde sobra asfalto, dónde el calor se queda atrapado incluso en febrero. Exige, sobre todo, urbanistas y geógrafos capaces de leer la ciudad como un organismo vivo, con sus arterias, sus heridas y sus posibilidades.

La cartografía, en este contexto, es más que un mapa: es una advertencia poética. Un recordatorio de que el clima no espera a julio para mostrarnos quiénes somos.

Porque Madrid, incluso ahora, cuando el invierno se retira y la primavera apenas asoma, ya está diciendo algo. Y conviene escucharlo antes de que vuelva a arder.

Más en Opinión