Motores que emocionan

En el nombre del padre

A finales de enero el sueco Oliver Solberg se impuso en el rallye más prestigioso del campeonato del mundo (WRC), el mítico Montecarlo, en unas condiciones invernales dignas de sus mejores días. Con un dominio arrollador, triunfó en el Principado 55 años después que su compatriota Ove Andersson y, de paso, vengó el destino de su padre, Petter, que nunca pudo añadir la clásica monegasca a sus 13 victorias en el WRC. El reto ahora es proclamarse campeón como lo fue él en 2003.

Este es un buen ejemplo de las dinastías familiares en los deportes, que en el motor han dado lugar a casos realmente excepcionales, como el de los Solberg.

El Rallye de Montecarlo de hace 40 años se recuerda con más emoción visto lo ocurrido después, al ganar Henry Toivonen por tercera y última vez en el WRC, 4 meses antes de perecer en un pavoroso accidente en el Tour de Córcega. Su triunfo limpió el honor familiar, pues la victoria en 1966 de Pauli, su padre, se vio empañada por uno de los mayores escándalos en la historia del motorsport, al descalificar la organización a los 4 primeros (tres Mini y un Ford, coches ingleses) por una banalidad en las luces, ascendiendo al pódium al Citroën Tiburón del finés, marca francesa claro. Como Henri ganó con su Lancia a un Peugeot, todo en orden.

Otra familia conocida de los rallyes han sido los escoceses McRae, con el padre Jimmy siendo protagonista en los años 80 de las carreras británicas, donde obtuvo 5 títulos. Sus hijos Alister y Colin siguieron sus pasos, y este último se convirtió en uno de los mejores pilotos de la historia, con 25 victorias y el campeonato del WRC 1996. Su fallecimiento en un accidente de helicóptero el 15 de septiembre de 2007 lo mitificó aún más de lo que estaba. Somos muchos los que seguimos visionando compulsivamente las cámaras interiores de sus coches, muestra de su portentoso talento.

En la Fórmula 1 tenemos varios ejemplos de hijos que resarcieron las desdichas de sus padres. Alberto Ascari, por ejemplo, se convirtió en el primer bicampeón (1952-1953), pero en unos ensayos en Monza en 1955 encontró el mismo funesto final que su padre Antonio, que murió durante la disputa del Gran Premio de Francia de 1926.

Uno de los días más tristes de la historia del automovilismo fue el 8 de mayo de 1982. Con el fallecimiento de Gilles Villeneuve todos los aficionados, especialmente los seguidores de Ferrari, sentimos haber perdido algo. En pleno cenit de su carrera, no le dio tiempo a ampliar su palmarés de 6 victorias y el subcampeonato de 1979. Su hijo Jacques sí pudo ganar el título en 1997, acumulando un notable palmarés en el que figuran las 500 Millas de Indianápolis 1995 y 11 GP.

Padres e hijos campeones también tenemos a los Rosberg (Keke en 1982, Nico en 2016) y a los Hill (Graham en 1962 y 1968, Damon en 1996), aunque el historial del padre es mucho más lustroso, pues a la fecha es el único que ha obtenido la llamada triple corona, al ganar las 500 Millas 1966, Le Mans 1972 y nada menos que 5 GP de Mónaco entre 1963 y 1969.

A Jack Brabham, campeón en 1959, 1960 y 1966, le sucedieron con excelentes resultados sus hijos. Geoff ganó Le Mans en 1993, gesta que replicó su hermano David en 2009. Además, ambos atesoran varios títulos en diferentes campeonatos americanos.

Hans-Joachim Stuck también ganó en Le Mans (1986-1987), fue campeón del mundo de resistencia 1985 y consiguió dos pódiums en Fórmula 1, siendo por tanto digno heredero de su padre Hans, uno de los grandes pilotos de los años treinta, piloto oficial de Auto-Union, ganador de dos GP y subcampeón de Europa 1935.

Max Verstappen, el mejor piloto de la Fórmula 1 actual con sus 4 cetros, también posee genes carreristas, aunque su padre Jos no presenta una hoja de servicios tan relevante, pues en los 107 GP que disputó solo pudo subir en dos ocasiones al tercer escalón del pódium. Afición no le falta, pues ahora participa en rallyes.

Un caso curioso fueron los Rosier (Louis y su hijo Jean Louis) que juntos se llevaron las 24 horas de Le Mans 1950. Eso sí, el padre condujo la mayor parte del tiempo -hay quien afirma que el hijo solo pilotó media hora- por aquello del mejor solo que mal acompañado.

Para el final dejamos a los Carlos Sainz, que han conseguido lo que nadie: ganar carreras de los dos certámenes más importantes, uno en el WRC y otro en la Fórmula 1. Solo falta que el hijo se proclame en los circuitos campeón, como lo fue su padre en los tramos en 1990 y 1992.

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