Esta semana, Uganda volvió a ser noticia, ya que su actual presidente, Yoweri Museveni, de 81 años, ganó las elecciones por séptima vez. Tras más de 40 años en el poder y con reiteradas sospechas de irregularidades en los comicios, su victoria abre nuevamente el debate sobre qué frena la renovación política en algunos países, y por qué ciertos liderazgos permanecen inalterables durante décadas. No es una situación aislada en Uganda; es un fenómeno que persiste en varios países de África, y otras regiones del mundo.
Sin embargo, la columna de hoy quiere poner el foco en la situación humanitaria de Uganda, especialmente en lo relativo a la atención y protección de las personas refugiadas.
Según indicadores sociosanitarios de UNICEF y la Organización Mundial de la Salud, Uganda presenta una esperanza de vida promedio de 64,9 años, un dato que refleja las limitaciones estructurales de su sistema sanitario. La mortalidad infantil se sitúa en 28 muertes por cada 1.000 nacidos vivos, una cifra considerablemente superior a la de países como España, donde el indicador es de 3 por cada 1.000. A esto se suma una mortalidad neonatal de 18 muertes por cada 1.000 nacimientos, lo que evidencia la vulnerabilidad de los recién nacidos, y las brechas existentes en el acceso a cuidados esenciales durante las primeras semanas de vida.
Desde principios de 2025, un promedio de 600 personas, en su mayoría procedentes de Sudán, Sudán del Sur y la República Democrática del Congo, llegan diariamente a Uganda. Este país acoge actualmente a casi dos millones de personas refugiadas, más de la mitad de ellas son niñas y niños.
En su informe anual sobre acceso a la educación de los refugiados, ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, advierte de que: “los profundos recortes en la ayuda humanitaria y al desarrollo están poniendo en peligro los recientes avances en la educación de las personas refugiadas, ya que casi la mitad de las niñas y los niños refugiados en edad escolar siguen sin asistir a la escuela”.
Los campamentos de refugiados enfrentan retos como:
- Escuelas con hacinamiento severo.
- Viviendas insuficientes y falta de materiales.
- Acceso limitado a alimentos, atención sanitaria y agua.
- Familias separadas, personas mayores vulnerables sin apoyo y menores no acompañados.
La situación de Uganda es compleja, igual que la de muchos otros países que enfrentan simultáneamente inestabilidad política, presión migratoria, carencias sanitarias y falta crónica de recursos.
En un mundo donde la interdependencia es cada vez mayor, la reducción de fondos para cooperación y ayuda humanitaria no solo agrava el sufrimiento de millones, sino que debilita nuestra capacidad colectiva de construir sociedades más justas y estables. La dignidad y la protección no pueden depender del azar geográfico, sino de una responsabilidad compartida que nos involucra a todos.