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El sueño europeo frente al espejismo americano: una lección desde Groenlandia

Durante décadas, el llamado “sueño americano” se presentó como un ideal universal: prosperidad individual, movilidad social y oportunidades sin límites. Sin embargo, visto desde Europa —y de manera especialmente clara desde Groenlandia— ese sueño ha ido perdiendo brillo. Frente a él, el denominado “sueño europeo”, más discreto y menos grandilocuente, sigue demostrando una solidez que descansa sobre pilares tan clásicos como la sanidad pública, la educación universal y unos servicios sociales robustos.

Groenlandia, con su población reducida, su clima extremo y su dependencia histórica de Dinamarca, es un laboratorio singular para observar las virtudes del modelo europeo de bienestar. Allí, la asistencia sanitaria no es un bien de mercado ni un privilegio ligado al empleo o al nivel de renta, sino un derecho efectivo. La cobertura es universal, la financiación es pública y el acceso a la atención médica no depende de pólizas privadas ni de la capacidad de endeudamiento del ciudadano. Este enfoque, heredero del Estado del bienestar europeo construido tras la Segunda Guerra Mundial, prioriza la cohesión social sobre el beneficio económico.

En contraste, el sistema sanitario estadounidense —cada vez más caro, fragmentado y burocratizado— ha dejado de ser un referente. El “sueño americano” ya no garantiza seguridad sanitaria: enfermar puede suponer la ruina económica incluso para familias trabajadoras. En Groenlandia, como en gran parte de Europa, la enfermedad sigue siendo un problema de salud, no un problema financiero.

La educación constituye otro elemento clave. El modelo europeo, presente también en Groenlandia, concibe la educación como una inversión colectiva a largo plazo, no como un producto. La enseñanza pública, accesible y financiada por el Estado, refuerza la igualdad de oportunidades y evita que el origen social determine de forma irreversible el futuro de las personas. Frente a ello, el sistema estadounidense ha avanzado hacia una mercantilización creciente, con costes prohibitivos y endeudamiento crónico de los estudiantes.

Los servicios sociales completan este trípode clásico del sueño europeo. Prestaciones por desempleo, apoyo a la dependencia, protección de la infancia, y de los mayores forman parte de una red que no busca la excelencia individual, sino la dignidad colectiva. Incluso las ayudas para conseguir una vivienda forman parte del ajuar de Groenlandia. En sociedades pequeñas y frágiles como la groenlandesa, esta red no es un lujo ideológico, sino una necesidad práctica para garantizar estabilidad y arraigo.

La conclusión es clara desde una perspectiva sanitaria y farmacéutica: los sistemas públicos europeos aseguran un uso más racional de los medicamentos, mejor control del gasto, mayor equidad en el acceso y una relación médico-paciente menos contaminada por incentivos comerciales. En este sentido, el sueño americano ya no es lo que era: ha derivado hacia un modelo donde la salud es mercancía y el medicamento, con demasiada frecuencia, un negocio antes que un bien social.

Los groenlandeses hacen bien en resistirse. Defender el sueño europeo no es un gesto nostálgico, sino una apuesta sensata por un modelo que ha demostrado, con el paso del tiempo, que la prosperidad auténtica se mide también en seguridad, bienestar y salud compartida.

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