Muchos occidentales están convencidos de que hay ideas estupendas que constituyen valores absolutos y que suponen un triunfo civilizacional consolidado para siempre. Una de ellas, por ejemplo, es la reciente idea de que la pena de muerte es del todo inmoral. Apenas encontrará uno en las encuestas un puñado de ciudadanos europeos que defienda tan antigua práctica penal, sencillamente porque se trata de una idea “superada”, aunque los argumentos que se pueden usar a favor (y en contra) de tan desagradable práctica nos los sabemos de memoria. Por eso, plantear ahora la posibilidad de reintroducirla, como han hecho recientemente en el Estado de Israel (marzo de 2026), suena a extrema derecha inhumana. Se trataría de una medida criminal, que confirmaría -en la opinión de tantos sabiondos de derechas y de izquierdas- la maldad intrínseca de la judería dirigida por Netanyahu.
Sin embargo, ello no quita para que la práctica policial en Occidente sea “abatir” a los presuntos culpables de terrorismo sin someterlos a juicio. No voy a ser yo el que proteste por ello, porque muerto el perro se acabó la rabia; pero hay que reconocer las grandes dosis de hipocresía que percibimos aquí, por no hablar de la inseguridad jurídica. Porque yo preferiría que fuese un juez el que me condenara a muerte antes que Clint Eastwood me pegara cuatro tiros, como le ha pasado al supuesto atacante del desfile del orgullo gay en Berlín, un tal Abdul. Por cierto, el problema no es que a Abdul orara recitando el Corán, el problema es que le parecía justo atropellar y matar a los homosexuales. Los medios de comunicación han tenido mucho interés en dejar claro que este sujeto era alemán, tan alemán como Michael Schumacher. El tipo sería alemán, pero tenía simpatías por el Estado Islámico y miraba mucho para la Meca. ¡Qué casualidad!
Quizás sin tanto dramatismo (todavía), ahora se plantea la construcción de una macromezquita en Sevilla y aparecen coordinadamente miles de biempensantes -incluso clérigos, que se saben mejor la Constitución que las Sagradas Escrituras-, que invocan la “libertad religiosa”, en la convicción de que una mezquita tiene la misma función que un santuario, una parroquia o una basílica. Con la “mezquita de Córdoba” de fondo, ellos la ven, incluso, con más simpatía que un salón del Reino o un templo masónico. Para muchos, una organización islámica viene a ser lo mismo que una cofradía sacramental o de penitencia. Algo de eso pensaban Blas Infante y los progres y ahora hasta los obispos.
Casualmente los ejemplos citados tienen todos que ver con la clara imposibilidad de una convivencia armónica de nuestra sociedad con el islam. Intuitivamente, todos sabemos que la realidad es tozuda y por eso nadie quiere una mezquita al lado de su casa. Luego, sabemos lo que pasó históricamente en Siria o en Egipto, que eran sociedades cristianas que fueron invadidas por estos ardorosos enemigos del jamón. Sabemos -o deberíamos saber- lo que pasaba en España, en tiempos de los moriscos y de Felipe III. Nadie ignora lo que está pasando ahora en Marsella, en la periferia de París o de Londres. Pero ahí están, los muy necios, llorando por el auge de la extrema derecha.
Cambien sus leyes buenistas de una vez y admitan que de buenas intenciones está el infierno lleno. No sois más buenos por aferraros a los angelicales principios que os inculcaron en vuestra infancia. La libertad y la igualdad no son absolutos, sino que tienen límites precisamente relacionados con quienes no comparten nuestros conceptos de libertad y de igualdad. Y, sobre todo, háganlo antes de que sea demasiado tarde.