La Receta

Con permiso de la autoridad

Hay días en que uno se asoma a la historia buscando una cosa seria, casi clínica, y acaba encontrándose con algo mucho más vivo. Me ha pasado repasando la vieja prensa taurina, donde aparece una y otra vez un nombre de toro que, en principio, parecería más propio de una rebotica que de un ruedo: Boticario. Y, sin embargo, ahí estaba, repetido en distintas ganaderías y años, como si los mayorales hubieran querido dejar una pista sobre el carácter de aquellos toros.

No hablamos de un caso aislado. La hemeroteca muestra 26 menciones exactas de "toro Boticario" entre 1800 y 1950, lidiados en plazas como Madrid y asociados a figuras como Lagartijo, Cúchares o El Tato. Uno de 1864, de la ganadería de Seguri, era descrito como “retinto claro, bien puesto y oji-negro”, pero su comportamiento distaba del ideal: “Era completamente manso, huía hasta de los capotes”. Otro, en cambio, de 1869, ofrecía el reverso exacto: “negro bragado, bien armado y bravo, acometía con intención”. Entre uno y otro caben todos los matices del toro, desde la mansedumbre huidiza hasta la bravura franca.

Y ahí está, precisamente, la clave. El nombre no parece referirse a un rasgo único, físico o de comportamiento, sino a algo más simbólico. El Boticario de entonces no era solo el dispensador de remedios. Era una figura respetada, con temple, con criterio propio, muchas veces curtida en la práctica más que en los libros, y no pocas veces con un punto de carácter que hoy llamaríamos áspero. En un mundo sin protocolos estandarizados ni burocracias tranquilizadoras, el boticario resolvía, decidía y, si hacía falta, se enfrentaba a remediar heridos, como nos cuenta Galdós, cuando describe que, en las algaradas de Madrid, los apaleados por “los guindillas” eran llevados a curar a las boticas cercanas, con tintura de árnica y tafetanes.

¿No hay en eso una cierta analogía con el toro bravo? El animal que embiste con intención, que no rehúye, que mide, que repite o que se arranca con genio. Incluso el manso tiene su lógica, su manera de defenderse, su inteligencia desconfiada. Quizá por eso el nombre Boticario no suena despectivo en absoluto. Al contrario, parece otorgar al toro una personalidad, casi un oficio.

Los datos lo confirman en su variedad: retintos, cárdenos, colorados; unos mansos, otros bravos; todos, eso sí, con presencia y con historia. “Quinto toro. Boticario, colorado claro”, dice una crónica de 1902 con la misma naturalidad con la que se anota cualquier detalle relevante. No era un nombre raro. Era un nombre entendido.

Al final, la comparación inevitable nos devuelve al punto de partida. Aquellos boticarios de antaño, lejos de la imagen acomodaticia que hoy podría sugerirse, tenían algo de lidiadores de lo incierto. Había que saber, pero también había que atreverse. Y eso, trasladado al toro bravo, adquiere todo su sentido.

¿Sería posible que un toro se llamara Boticario ahora? La feminización de la profesión parece no aconsejarlo en estos tiempos en los que habría que buscar boticarios realmente bravos como los hubo, sin duda, en otra época.

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