Mientras Colombia votaba por una transformación, Europa votaba por la continuidad. Esa es quizás una de las paradojas más interesantes que dejaron las elecciones del 31 de mayo y una de las que merece una reflexión más profunda. Porque si algo demostraron las urnas es que existen dos Colombias separadas no solo por la geografía, sino también por la experiencia de vida. Una está aquí, enfrentando todos los días la inseguridad, la incertidumbre económica y las consecuencias de las decisiones del gobierno. La otra observa el país desde la distancia, con la nostalgia intacta, pero también con una perspectiva distinta de lo que ocurre dentro de nuestras fronteras.
Los números hablan por sí solos. Mientras Abelardo de la Espriella se imponía con contundencia en buena parte del territorio nacional, el mapa cambió completamente al cruzar el Atlántico. En España, donde reside una de las comunidades colombianas más grandes del mundo, Iván Cepeda obtuvo 54.162 votos, equivalentes al 42,57 % de los 127.637 sufragios depositados. En Francia alcanzó 6.699 votos, el 46,98 %. En Alemania obtuvo 5.649 votos, correspondientes al 47,09 %, y en Italia sumó 3.313 votos, equivalentes al 39,26 %.
Muchos podrían quedarse en la lectura fácil y concluir que Europa es de izquierda. Yo creo que sería un error. La verdadera pregunta no es por qué Cepeda ganó en esos países. La verdadera pregunta es por qué quienes defendemos un proyecto distinto no hemos sido capaces de conquistar a una comunidad de colombianos que sigue sintiendo amor por su país, pero que no encuentra razones suficientes para volver.
Durante años Colombia ha visto a sus migrantes como una cifra económica. Se habla de las remesas, de los miles de millones de dólares que ingresan cada año y del aporte que hacen a la economía nacional. Pero rara vez se habla de ellos como ciudadanos con expectativas, preocupaciones y sueños. Se les recuerda en época electoral y luego vuelven a quedar relegados al olvido institucional.
Sin embargo, los colombianos en Europa representan algo mucho más valioso que un caudal electoral. Son una reserva de talento, conocimiento y experiencia que Colombia necesita recuperar. Son profesionales, empresarios, trabajadores y jóvenes que han aprendido a desenvolverse en sociedades donde las reglas son más claras, la seguridad es una realidad cotidiana y las instituciones generan confianza. Muchos de ellos no se fueron porque dejaran de amar a Colombia. Se fueron porque sintieron que Colombia dejó de ofrecerles oportunidades.
Ahí está el verdadero desafío político para los próximos años. No se trata simplemente de ganar una elección en Madrid, París, Berlín o Roma. Se trata de construir un país capaz de competir con esas ciudades por el corazón de sus propios ciudadanos. Un país donde el emprendimiento no sea castigado, donde la seguridad permita construir un proyecto de vida y donde el mérito tenga más valor que las conexiones políticas.
La discusión no debería centrarse en cómo cambiar la forma de pensar de los colombianos que viven en Europa. La discusión debería centrarse en cómo cambiar a Colombia para que esos ciudadanos vuelvan a creer en ella. Porque cuando miles de compatriotas prefieran regresar antes que quedarse en el exterior, habremos conseguido algo mucho más importante que una victoria electoral. Habremos demostrado que Colombia volvió a convertirse en una tierra de oportunidades para sus propios hijos.