Hace unos días iba en el coche por Suecia con mi yerno. Pasábamos por Uppsala y, de repente, señaló hacia uno de los edificios grandes de la universidad y me dijo: “Mira eso”. Encima de la entrada, en letras doradas sobre la piedra, estaba escrito: Tänka fritt är stort, men tänka rätt är större. Él me la tradujo : “Pensar libremente es grande, pero pensar correctamente es mayor”.
La frase es de Thomas Thorild, un pensador sueco del siglo XVIII. Me quedó dando vueltas todo el viaje y me prendí de esa frase. Tan poco tomada en cuenta en esta época en que vivimos. Porque hoy en día parece que para mucha gente ya es suficiente con que una opinión sea “libre”, “auténtica” o “mía”. Como si la libertad de soltar lo primero que se te pase por la cabeza la convirtiera automáticamente en valiosa.
Pero no. La libertad de pensamiento es un logro enorme, claro que sí. Sin ella no somos nada. El problema es cuando nos conformamos con eso y dejamos de exigirnos pensar bien: con rigor, con honestidad brutal y, sobre todo, con la humildad de admitir que podemos estar equivocados y cambiar de idea.
En estos días estos diálogos o más bien monólogos acontecen más de lo que pensamos.La historia está llena de ejemplos que duelen. Durante siglos, en el mundo cristiano —y especialmente en Europa— se repitió que los judíos, como pueblo, eran colectivamente culpables de la muerte de Jesús. Era una idea que formaba parte de la predicación, de las homilías, de la enseñanza que se pasaba de padres a hijos. Esa creencia contribuyó, poco a poco, a crear un terreno abonado para el antisemitismo que luego explotó de formas terribles.
Y sin embargo… que una idea sea antigua, que la sostengan millones, que reconforte emocionalmente o que “siempre se haya dicho así”, no la hace verdadera. Ahí está la diferencia entre pensar libremente y pensar correctamente.
Tuvo que llegar el Concilio Vaticano II, en 1965, para que la Iglesia católica lo dijera claramente en Nostra Aetate: lo que pasó en la Pasión no se puede cargar sobre todos los judíos de entonces, y mucho menos sobre los de ahora. Fue un reconocimiento importante: una tradición mantenida durante casi dos mil años no era correcta. Punto.
Pensar correctamente exige algo que hoy nos cuesta horrores: escuchar de verdad a quien piensa distinto. No para quedar bien, ni para “ser inclusivo”, sino para poner a prueba tus propias convicciones. A veces sales reforzado, a veces te das cuenta de que estabas equivocado. Ese segundo caso es incómodo, humillante incluso. Pero es el único camino para que las ideas no se conviertan en ideología rígida, en eco de cámara o en puro resentimiento disfrazado de pensamiento, que por lo general, es el común denominador.
El lema de Uppsala sigue ahí, discreto, en letras doradas sobre la piedra antigua esperando que cada alumno y profesor que pase por sus aulas lo lea. No grita. Solo recuerda que la libertad de pensar es un gran privilegio, pero la búsqueda honesta de la verdad es una responsabilidad más grande todavía.
Y que, al final, lo cómodo casi nunca coincide con lo correcto.¿Verdad?