Madrileños por Madrid

Noventa minutos

¿Has reservado alguna vez en un restaurante de 90 minutos?… A lo mejor no te has dado ni cuenta, pero seguro que sí, porque crecen como setas en el panorama gastronómico actual. Un amigo te recomienda un sitio maravilloso para celebrar algo ¡Qué más da lo que se celebre!… ¡¡hoy en día todo se celebra!! Al fin te decides. Entras en la web. Observas una carta razonable para tus expectativas… Lo intentas sin éxito en varias ocasiones… Y un día, por fin… ¡¡¡Logras reservar!!!... Cena para dos a las 21 horas, mesa baja, en sala. Naturalmente, durante todo este largo proceso no has leído toda la información que te ofrece la App del restaurante. En mi caso ni una línea. Te limitas a ver imágenes de platos y del alegre staff. 

Alguna vez me he parado a pensar que, si hubiera estudiado todas las observaciones, informaciones, sugerencias, recomendaciones, alertas, alarmas, avisos y demás zarandajas obligadas por los defensores de la transparencia y la competencia, ni reservaría en un restaurante, ni firmaría la declaración de Hacienda, ni por supuesto tendría tarjeta del bus porque es un título personal y falsificable… y ya ni te cuento el riesgo de abrir una cuenta corriente donde ya están implicadas las administraciones en alerta permanente contra el blanqueo: esas que no ven cómo entran en España unas joyas de más de un millón de euros, pero te obligan a rellenar un cuestionario de veinte páginas si pretendes invertir mil o dos mil euritos. 

Volviendo al tema principal. Hace poco me ha pasado una experiencia muy desagradable: entro en un restaurante de aspecto curioso donde me ha costado un par de semanas reservar, y la amable camarera nos sitúa en una mesita, ni muy lejos ni muy cerca del resto… nos sirve las bebidas solicitadas, nos ofrece conexión digital a la carta (ya empezamos mal) y, con la mejor de las sonrisas, proclama: ¡disfruten de su experiencia de noventa minutos!... Tuve que frenar a mi querido esposo para que, en ese mismo momento, no se levantara bruscamente y se fuera directamente del restaurante con un cabreo monstruoso.  No nos levantamos, pero nunca volveremos. 

Puedo entender a los restaurantes que te cobran si no apareces y no avisas. Es una forma de defenderse de esa gente que reserva con ánimo de no ir. Que los hay… y no pocos.

Alguno de los lectores quizá comparta conmigo este argumento. No es que noventa minutos no sean suficientes para almorzar o cenar.  Probablemente acabemos antes. Pero considero una falta extrema que me tasen el tiempo, porque el tiempo es una parte importante de una comida compartida. No solo es la cocina y el producto. Es el lugar y el ánimo de disfrutar. Coincido con Emilia Pardo Bazán cuando escribía que “cada pueblo come según su alma”. Es una forma de entender la restauración que se está perdiendo por las cadenas, las marcas y algunos chefs… Y se equivocan. 

No cambio mi tasca, donde me hacen hueco y me respetan, donde el cliente a menudo tiene la razón -y si no la tenemos, nos lo dicen a la cara-, por los engolados manteles de noventa minutos.  

…Tampoco trastoco la política clásica, esa en la que los votantes podíamos opinar y decidir, en la que las cosas mal hechas tenían sus consecuencias, por esta nueva “realpolitik” en la que todo vale y, si un Gobierno prevé que el electorado no está de acuerdo con lo que hace, no cambia de política… cambia de votantes. Ojalá, esos sí, fueran políticos de noventa minutos.