A escasos seis días de que Colombia elija presidente, conviene hacer una pausa para el análisis en medio de la polarización que caldea el ambiente. Lejos de las pasiones, urge apartarse de las encuestas, los ataques en redes sociales y las consignas militantes para mirar a los candidatos bajo una luz distinta: la de sus historias personales.
La razón es sencilla. Los programas, propuestas y promesas pueden modificarse. Las personalidades, quizás mucho menos. La segunda vuelta del próximo domingo, 21 de junio, enfrenta a dos candidatos que representan trayectorias diferentes en un escenario sin protagonismo para el centro político, aunque sus votantes podrían inclinar la balanza.
Por un lado, está Iván Cepeda Castro, hijo del senador asesinado Manuel Cepeda Vargas. Su vida ha estado marcada por la defensa de los derechos humanos, la memoria de las víctimas y la búsqueda de salidas negociadas al conflicto armado. Formado en las ciencias humanas y sociales, construyó su liderazgo desde organizaciones ciudadanas, escenarios académicos y espacios de debate público.
En la otra orilla aparece Abelardo de la Espriella, abogado penalista, empresario y figura mediática. Su carrera se desarrolló en estrados judiciales y en la defensa de clientes de alta exposición pública y en empresas que poco se conocen. Su discurso enfatiza la autoridad, la seguridad y la defensa de un modelo económico basado en la iniciativa privada. Ha cultivado un liderazgo personalista, frontal y combativo.
Sus fórmulas vicepresidenciales también revelan diferencias profundas. Cepeda escogió a Aída Quilcué, lideresa indígena de la comunidad Nasa, defensora de los derechos humanos y representante de los pueblos originarios. Su presencia simboliza a una Colombia rural, étnica y comunitaria que reclama mayor participación en las decisiones nacionales.
De la Espriella, en cambio, eligió a José Manuel Restrepo, economista, rector de varias universidades reconocidas y exministro en el gobierno de Iván Duque. Su perfil transmite experiencia técnica, conocimiento del Estado y confianza para sectores empresariales e inversionistas.
También son distintas sus relaciones con las regiones y con las élites. Cepeda conecta con movimientos sociales, sindicatos, organizaciones indígenas y sectores progresistas que consideran necesario corregir desigualdades históricas. De la Espriella es respaldado por sectores empresariales, profesionales y ciudadanos que consideran prioritario el crecimiento económico, la seguridad y la eficiencia institucional.
En materia de seguridad, uno privilegia la construcción de paz y las soluciones integrales con enfoque social; el otro enfatiza la autoridad estatal y el fortalecimiento de la fuerza pública. La diferencia adquiere relevancia en momentos en que distintos grupos armados ilegales disputan el control territorial en varias regiones del país y la seguridad vuelve a ocupar un lugar central en el debate nacional.
En economía, ambos prometen prosperidad, pero recorren caminos distintos. Cepeda insiste en una mayor intervención pública para reducir brechas sociales. De la Espriella apuesta por el mercado, la inversión privada y la confianza empresarial. Sin embargo, más allá de las diferencias ideológicas, ambos han moderado parte de sus discursos para atraer a los votantes de centro en la recta final de la campaña.
Al final, la elección presidencial, en pleno mundial de fútbol, parece más una disputa entre dos personas que una confrontación entre dos interpretaciones de Colombia. Eso polariza. Una mirada es hacia la ampliación de derechos, la inclusión social y la reconciliación. La otra privilegia el orden, la seguridad y la confianza en la iniciativa privada.
Quizá la pregunta decisiva no sea cuál candidato genera más entusiasmo, sino cuál entiende mejor los desafíos de un país que sigue buscando cómo reconciliar crecimiento económico, justicia social, seguridad y democracia. El domingo próximo, las urnas responderán. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.