Hace casi 18 meses (1-1-25), siendo aún presidente de Chile el joven Gabriel Boric, escribí en este mismo medio de prensa, una columna de opinión que daba cuenta de cómo la inmigración ilegal estaba destruyendo a Chile. Tras la visita del Santo Padre a España, algunos piensan que el sucesor de Pedro, validó la inmigración ilegal como legítima. No debemos sacar conclusiones erróneas, toda vez que los católicos tenemos un mandato evangélico que nos insta a cumplir las reglas. Dentro de estas, está el “acoger al prójimo”, pero jamás incumplir las normas de la sana convivencia. Si cada uno hace lo que quiere, e ingresa a cualquier parte y de cualquier manera, ponemos en riesgo el entramado legal que nos rige como sociedad. Es una falta grave promover la inmigración ilegal, motivando a personas débiles y desesperadas, a buscar otro destino con prácticas peligrosas que arriesgan sus vidas y que terminan ahogados en el Atlántico o en el Mediterráneo. En el caso de Chile, y como lo he mencionado muchas veces, el 10% de la población es inmigrante. Hay 2 millones de personas que llegaron desde distintos lugares, de las cuales 1,5 millones lo hicieron en la última década y no menos de la mitad de esa cifra, ingresó ilegalmente al país por pasos no habilitados. La mayoría proviene de Venezuela y han sido quienes han generado el mayor terror y la muerte en distintas partes de Chile. Cualquier programa de noticias en Chile, se inicia con el detalle de asaltos, asesinatos, robos de coches o “lanzazos” en la vía pública. La mayoría de los crímenes más graves son producidos por extranjeros, incluyendo el accionar del “Tren de Aragua”, cuyos líderes principales empiezan a caer durante este gobierno al mando del presidente Kast. Algunos empresarios valoran el aporte de inmigrantes ilegales en la agricultura y en la construcción, sin los cuales él país no sería “competitivo”. No obstante, la secuela de crímenes y el miedo a salir a la calle que han generado los delincuentes venezolanos en Chile, es inmenso. Chile era un país relativamente tranquilo, en que se podía salir a caminar por parques y plazas y a transitar por sus carreteras con seguridad. Eso ha quedado en el pasado. Afortunadamente, se ha instalado en el poder un gobierno que está enfrentando el crimen organizado con mayor firmeza. En el Congreso Nacional, la izquierda dura y también el centro blando, se oponen a cualquier medida que provenga del nuevo gobierno. Son los amigos de Podemos de España, son aquellos “progresistas” amigos de Zapatero, quienes se reunieron en Barcelona a “defender la democracia”. No debemos confundirnos con la visita del Papa a España, quien reivindica la familia, la vida y la fe en Dios. En Chile se sigue de cerca lo que sucede en nuestra “Madre Patria”, desde donde provino la fe católica, principal credo del pueblo chileno. La mayor parte de Europa, hoy asolada por la inmigración ilegal y la “musulmanizacion” de sus ciudades, parece no tomar en serio este proceso deformador de la esencia de la sociedad occidental. Ojalá que los líderes europeos dejen de tener un comportamiento cínico, como el que tuvieron Boric y Bachelet en Chile, minimizando la gravedad de la inmigración ilegal y “mirando para otro lado”, evitando así enfrentar el problema. En América del Sur, el problema fue Chávez y Maduro que gatillaron la estampida de Venezuela con 8 millones de personas que “escaparon” de la dictadura. En Estados Unidos los ilegales llegaron de Cuba y de México, en donde miles y miles mueren asesinados por carteles que nunca han sido realmente combatidos por los gobernantes timoratos y cómplices. En Europa la pobreza africana, la guerra de Ucrania y otros conflictos, generan estas fugas masivas. Si no se ocupan los grandes líderes y la inoperante ONU -repleta de burócratas bien remunerados- de ayudar a resolver los problemas en el origen no tendremos paz en el mundo. Nada ilegal es bueno. La inmigración debe ser regulada y eso no se debe discutir.
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