Mucho más que unos premios

Tuve el honor de presentar, junto a mi compañera Carmen María García, la IV Edición de los Premios Fiel en el Deber, enmarcados en el V Memorial María Jesús Carrascosa, celebrado en la localidad de Lillo. Y, una vez más, regresé a casa con la certeza de que existen historias que merecen ser contadas y personas que merecen ser reconocidas.

Vivimos en una sociedad acostumbrada a consumir titulares rápidos, donde muchas veces se pone el foco en los errores, en la polémica o en aquello que genera ruido. Sin embargo, detrás de cada uniforme existe una realidad mucho más amplia y humana que rara vez ocupa espacios destacados. Una realidad formada por hombres y mujeres que, cada día, hacen mucho más que cumplir con su trabajo.

Los Premios Fiel en el Deber nacieron precisamente para eso: para dar visibilidad a esos valores que definen a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y a las Fuerzas Armadas; valores como el sacrificio, la lealtad, el compañerismo, la entrega, la vocación de servicio y el compromiso con los ciudadanos. Pero también para reconocer a personas que, además de representar esos principios, protagonizan acciones heroicas que, por formar parte de su día a día, muchas veces pasan desapercibidas.

Son intervenciones que no suelen aparecer en los medios de comunicación. Actuaciones que, en numerosas ocasiones, ni siquiera llegan a ser reconocidas oficialmente porque no siguen un conducto reglamentario que permita darles la difusión que merecen. Quedan guardadas en la memoria de quienes las vivieron, de quienes fueron ayudados o de los compañeros que las presenciaron.

Y, sin embargo, son historias extraordinarias.

Historias de guardias civiles, policías y militares que salvan vidas cuando nadie los observa. Que auxilian a personas en situaciones extremas. Que ayudan a traer niños al mundo cuando la vida decide adelantarse. Que acompañan a familias en sus momentos más difíciles. Que se convierten en el último hilo de esperanza para quien cree haberlo perdido todo.

Por eso resulta tan gratificante participar en un acto como este. Porque durante unas horas esas personas reciben algo tan sencillo como necesario: el reconocimiento de sus compañeros y de la sociedad. Los aplausos que escuchamos en el auditorio son mucho más que una muestra de cortesía; son una forma de decirles que su trabajo importa, que su esfuerzo tiene valor y que su entrega no pasa desapercibida.

Ver sus rostros cuando reciben el galardón es probablemente uno de los momentos más emocionantes de la jornada. Porque, aunque muchos de ellos no buscan reconocimientos cuando actúan, sentir el calor de quienes valoran su labor supone una recompensa que llega directamente al corazón.

Nada de esto sería posible sin el enorme trabajo de una persona que durante todo el año mueve cielo y tierra para localizar estas historias, para encontrar a sus protagonistas y para conseguir que salgan a la luz. Una labor silenciosa y constante que permite que acciones ejemplares, que de otro modo quedarían en el anonimato, reciban la visibilidad que merecen.

Los Premios Fiel en el Deber nos permiten mostrar una imagen real de lo que significa servir a los demás. Porque el trabajo policial o militar no consiste únicamente en perseguir delincuentes o garantizar la seguridad. También consiste en proteger, ayudar, acompañar, socorrer y salvar vidas. Consiste en estar presentes cuando los ciudadanos más lo necesitan.

Quizá por eso estos premios emocionan tanto. Porque nos recuerdan quiénes somos y por qué elegimos servir. Porque ponen rostro a los valores que juramos defender. Porque nos permiten sentir orgullo de pertenecer a unas instituciones integradas por personas extraordinarias que realizan actos extraordinarios con absoluta normalidad.

Lillo volvió a convertirse en el escenario perfecto para rendir homenaje a esos héroes discretos que nunca buscan protagonismo. Hombres y mujeres que representan lo mejor de nosotros mismos.

Y mientras existan iniciativas como esta, mientras sigamos siendo capaces de reconocer el bien, de agradecer el sacrificio y de poner en valor el servicio a los demás, seguiremos fortaleciendo aquello que verdaderamente nos une como sociedad: el respeto, la gratitud y el orgullo por quienes dedican su vida a proteger la de los demás.

Porque hay reconocimientos que no cambian una trayectoria profesional, pero sí recuerdan algo fundamental: que el deber cumplido también merece ser aplaudido.