Cinco sentidos

En el nombre del padre

Aprovecho el contexto del calendario como introducción al tema de hoy: el 19 de marzo,  fiesta de San José, día en que en muchos lugares del mundo se celebra el Día del Padre. 

En el signo de estos tiempos vemos una figura paterna algo desdibujada o devaluada.  Hemos pasado de aquel padre proveedor —y de la institución romana del bonus pater  familiae— a un padre vulnerable. 

De alguna manera, me parece encontrar rasgos de mayor humanidad en el padre actual que  en aquel, instituido e indestructible, que pintaban los artistas antiguos. Reconozco como  rasgo humano la fragilidad —no la debilidad—, términos que no son sinónimos. 

Es necesario reconocer las fragilidades para comenzar a construir fortalezas. Esta  vulnerabilidad actual hace que los padres ya no ocupen un lugar por el simple hecho  biológico, sino a través del ejercicio pleno de una paternidad asociada a la responsabilidad. 

La educación de los hijos, con la creciente intervención de agentes externos —Estado,  sociedades, ideologías impuestas, libertades delegadas—, se ha alejado demasiado del  núcleo familiar. 

Las largas horas fuera del hogar, el exceso de actividades de cada uno de los miembros de  la familia, hacen que se disponga apenas de breves instantes cotidianos (cuando los hay),  que luego se diluyen entre distracciones. 

Invito a observar a las familias en cualquier ámbito público: las actitudes son una  radiografía clara de lo que nos está sucediendo. Y luego de observar, cada uno debería  preguntarse: “¿Y por casa, cómo andamos?”. 

Pero lejos está de mí pretender generar una angustia nueva en este tiempo de prosaicas  ansiedades. La intención es, más bien, recuperar el rumbo; detener el enloquecido giro de  un timón a la deriva. 

Para ello es necesario generar acuerdos, primero con la persona directamente asociada — llámese cónyuge, expareja o quien corresponda—. La realidad es que la mirada de los hijos  se dirige primero a sus progenitores y, más que a lo que digan, responderá a lo que hagan.  Por ello, los acuerdos sobre el “hacia dónde” resultan fundamentales. 

Como segunda medida —y no menos importante— están la escucha y la observación:  saber qué le sucede a cada hijo, dónde están sus luchas cotidianas. 

La escucha activa requiere un renunciamiento personal al “yo me las sé todas”. La  experiencia propia puede servir como guía en algún caso particular, pero está lejos de ser  un mapa preciso del accionar debido. 

Toda acción con otro requiere renunciar a algo; todo amor implica una entrega.

El padre de hoy necesita ese viaje interior que ya no garantiza el título biológico o putativo,  sino un profundo reconocimiento de que, a pesar de sus propias limitaciones, es quien debe  trazar un plan estructural donde los valores esenciales marquen el camino. Todo ello con la  libertad y la responsabilidad que cada hijo asumirá en su propia vida. Pero, sin duda, la  presencia de ese padre resultará fundamental para pensar en sociedades más justas y  responsables, comenzando por la propia descendencia. 

Quiero traer a este texto las palabras del Papa Francisco sobre la figura de San José: 

“La felicidad de José no reside en la lógica del autosacrificio, sino en la entrega de sí  mismo. En este hombre jamás se percibe frustración, sino solo confianza. Su persistente  silencio no implica quejas, sino gestos concretos de confianza. El mundo necesita padres;  rechaza a los amos, es decir, a quienes buscan utilizar las posesiones ajenas para llenar su  propio vacío; rechaza a quienes confunden autoridad con autoritarismo, servicio con  servilismo, confrontación con opresión, caridad con bienestar, fuerza con destrucción…  Cada niño lleva siempre consigo un misterio, algo nuevo que solo puede revelarse con la  ayuda de un padre que respeta su libertad”. 

(Carta Apostólica Patris Corde) 

Feliz día del Padre