Ojo de agua

¡No a la guerra!

El mundo es como un cangrejo que avanza retrocediendo en el delirio tecnológico que cree justificar el desarrollo social y humano. En ese retroceso  en círculos viciosos, reaparece lo peor que ya ha vivido la humanidad: la guerra. La condición humana es precaria, patética, paradójica, dañina y contradictoria, cuando se diseña un plan de guerra. Solo en la pequeñez de los elementos vislumbramos la grandeza del universo. Jamás en la historia el hombre se había sentido tan solo y desamparado en su propio laberinto, como un animal desterrado en la babel de sus redes y extraviado en los espejismos de la inteligencia artificial. Esa soledad se agiganta cuando el hombre, en su paso  efímero por el poder, elige  como decisión política el desatino pervertido de apostarle a la guerra. Nada más peligroso y amenazante para nuestra época que un loquito suelto  y arrebatado con poder, que se cree, además, con derecho a invadir y volver cenizas cualquier país de la Tierra. Ese poder sin límites, autoritario, delirante hasta la demencia, es un retorno a la barbarie y la reaparición de la figura del caudillo y el dictador, el gendarme del universo que toma decisiones impulsivas y arrasa con la noción de tolerancia, respeto a los derechos del ser humano,  la soberanía y la libertad. Que un país como España se oponga al uso de sus bases militares (Rota y Morón, en Sevilla), y al uso de su espacio aéreo ante la ofensiva estadounidense ilegal e injustificada para atacar Irán, y se afirme en un ¡No a la guerra”, es una lección de independencia y sentido común que el resto del mundo, incluido Estados Unidos, debiera replicar. El gobierno de Pedro Sánchez ha propiciado la lección de cerrar los vuelos estadounidenses involucrados en estas operaciones bélicas, y ha calificado la acción de Trump y Netanyahu de “unilateral e inaceptable”. En una guerra todos somos perdedores. Se vulneran hasta el horror los tres patrimonios existentes: El patrimonio humano, con todo el legado arquitectónico y cultural y todas las memorias ancestrales de más de dos milenios, se arrasa con un misil el patrimonio de la madre tierra y se devasta con ella la vida de todas sus criaturas. El mundo de hoy sobrecogido por la estupidez de los bombardeos oscila en los extremos de los belicistas, intolerantes y racistas. La balanza arrasa con toda forma civilizada de democracia y se inclina más hacia las ultraderechas neofacistas que legitiman dictaduras y acciones paramilitares. Dentro de esa balanza están también las izquierdas ortodoxas, cerradas, anacrónicas y desgastadas en su retórica. Todo extremo se degrada en el abuso. Los artífices de las guerras pasan a la historia como salvajes, junto a los bárbaros de las guerras del pasado de siglos anteriores. No aprenden la cruda lección de la historia. Llegan al poder como surtidores de pesadillas, enceguecidos por la codicia económica, y con torpeza política, trazan el fatal e irreversible camino de las destrucciones.