Faltan seis días para las elecciones presidenciales del 31 de mayo en Colombia y su realización más parece una disputa donde los candidatos que encabezan las encuestas intentan salvar la patria con drones, inteligencia artificial, música épica y frases de cajón. Los publicistas hablan más que los economistas y los jingles producen más emoción que los programas de gobierno.
Atrás, muy atrás quedaron las campañas aburridas donde los candidatos hablaban de las urgencias del ciudadano de a pie. Pero esa misma gente es la que aviva los likes. Hoy la política se parece más a un campeonato de barras bravas que gritan, insultan y aplauden. Las propuestas murieron de inanición argumentativa. Y los candidatos, cada vez menos estadistas y más personajes audiovisuales, venden emociones al detal.
Abelardo de la Espriella, abogado y showman, parece asesorado por un equipo creativo conformado por un general retirado, un productor de Hollywood y un domador de zoológico. En uno de sus videos, un tigre contempla pacífico a una paloma como si hubiera firmado un acuerdo humanitario. Luego aparece una manada avanzando hacia una montaña mientras el tigre alfa hace un saludo militar. El elector ya no sabe si votar, cuadrarse en posición firmes o afiliarse a National Geographic Patriótico.
Mientras tanto, Paloma Valencia avanza con el tono de rectora académica que acaba de descubrir que el país perdió el manual de convivencia. Habla con calma institucional, sonríe con disciplina de noticiero y transmite la sensación de que Colombia es un salón de clases donde alguien dañó el tablero, rompió los pupitres y dejó escapar a los estudiantes. Sus estrategas entendieron que, en tiempos de histeria nacional, la serenidad puede venderse como espectáculo.
Y por el otro lado aparece Iván Cepeda convertido en protagonista de una ópera tropical de resistencia popular. Sus videos parecen producidos por una mezcla entre agencia de publicidad sentimental y festival latinoamericano de cine político: canciones pegajosas, tambores esperanzadores, ciudadanos espontáneos y planos donde el pueblo camina hacia un amanecer aprobado por focus groups. Más que campaña presidencial, parece un videoclip donde la revolución finalmente consiguió director de fotografía.
Claro, detrás de todos ellos están los asesores invisibles. Esos estrategas extranjeros que aterrizan en Colombia cada cuatro años como técnicos del mercadeo emocional. Españoles obsesionados con “la narrativa”. Argentinos expertos en épica popular. Mexicanos entrenados en campañas del miedo. Brasileños graduados en manipulación digital. Todos gurús que cobran millones de dólares por descubrir algo revolucionario: que la gente no vota con razones sino con adrenalina. Las ideas sobran y las emociones llenan plazas.
Los viejos arquitectos de propaganda política del siglo XX mirarían fascinados esta feria audiovisual tropical que no es distinta a la que se ve en otros rincones de América Latina. Cada campaña intenta construir pequeños ejércitos afectivos y efectivos alrededor de un líder convertido en símbolo emocional.
Pero sería injusto culpar únicamente a los candidatos. Ellos apenas venden lo que el elector compra. El empresario vota con miedo. El universitario con rabia. El fanático con odio. El resignado con resignación. Y millones de ciudadanos consumen propaganda política. Jaime Garzón habría hecho una fiesta con esta campaña. No necesitaría inventar personajes. Le bastaría prender el televisor.
Porque quizás el verdadero problema no es que los políticos actúen como actores. Tal vez el problema es que el elector se deja llevar por los resultados parciales de las encuestas: un público emocionado es más fácil de manipular que una sociedad que piensa.
Tal vez por eso cada elección termina pareciéndose menos a un debate democrático y más a una final de fútbol narrada por publicistas. Y mientras el país aplaude jingles, tigres, encuestas y amaneceres cinematográficos, la violencia, la corrupción, el narcotráfico y el miedo siguen gobernando desde las sombras. Comentarios y opiniones a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.