La primera Carta Encíclica del Papa León XIV aparece apenas unos días antes de llegar a España para realizar su viaje apostólico.
En estos tiempos que corren —y lo venimos reflexionando en cada uno de nuestros artículos— el gran riesgo parece ser perder la humanidad. Esa magnífica humanidad de la que habla el Papa y que, de su mano, ha traído descubrimientos maravillosos, avances capaces de mejorar la calidad de vida de las personas e investigaciones que han desafiado todas las barreras del conocimiento.
Pero esa humanidad posee también una contracara no tan magnífica: el pensamiento ambicioso de poder, dominio y riqueza. Son las dos dimensiones que siempre han convivido en el inmenso enfrentamiento entre el egoísmo y el amor.
Hoy las herramientas han cambiado. En palabras del Papa León, nos encontramos frente a una nueva “Babel”: una humanidad deshumanizada; una humanidad que elige dioses a medida, que no incomodan y que justifican todo; una fe sin justicia ni costo alguno, sin esfuerzo, sin sacrificio y sin valores.
La Encíclica advierte sobre un camino hacia la uniformidad, contrario a la riqueza humana de la diversidad. Una mirada cada vez más utilitarista, menos colaborativa y menos fraterna.
El Papa, con gran inteligencia, utiliza el término “desarmar” la IA. Resulta una imagen profundamente simbólica y filosófica. No habla de destruir la Inteligencia Artificial, sino de desarmar ciertas lógicas vinculadas al dominio, a la manipulación, al aumento de riqueza para quienes ya la poseen, al crecimiento de las guerras y a la concentración del poder.
La metáfora permite visualizar claramente cómo la Inteligencia Artificial —al igual que las armas nucleares—, cuando queda en manos del poder económico, militar o ideológico, termina condicionando las libertades humanas. Insiste el Papa en que la IA debe permanecer siempre subordinada a la conciencia moral, al bien común y a la dignidad humana.
De poco sirven los avances tecnológicos si no generan un reconocimiento real de esa dignidad.
La IA no posee conciencia, ni compasión verdadera, ni responsabilidad ética propia. Puede simularlas, pero no vivirlas. Por eso, si comienzan a delegarse decisiones humanas a algoritmos —en las guerras, la información, la salud, la justicia e incluso los vínculos— el riesgo aparece con claridad: una humanidad cada vez más eficiente, pero menos humana.
El problema sustancial no está en la herramienta, sino en quién la controla, cuáles son los valores que la orientan y cuáles son sus fines.
La reconocible fragilidad humana no es un defecto que deba ser eliminado, sino parte constitutiva de la persona.
Cuanto más poderosa se vuelve la tecnología, más importante debería volverse la antropología que la sostiene.
Como lo intuyeron pensadores como Viktor Frankl o Emmanuel Mounier: una civilización puede crecer enormemente en medios y empobrecerse profundamente en sentido.
Desde esta humilde columna llamamos a la resistencia. A resistir la dejadez humana; ese abandono que entrega el pensamiento en manos de otros, que deja que otros decidan, que evita hacerse responsable y que termina perdiendo la capacidad de mirar verdaderamente al otro.
Espero que, en este viaje del Papa a España, renazcan las ganas de seguir pensando y de hacerse las preguntas profundas del ser: quién soy, por qué y para qué.
Tal vez allí, en esta magnífica e imperfecta humanidad, podamos volver a encontrar el tesoro que cada uno de nosotros es y está llamado a ser, no sólo para sí mismo, sino también en esa misión única e irrepetible que cada persona debe aportar al mundo.