Cuando fuimos peces

Los dos bastones

A cierta edad descubres que no caminas solo: avanzas con tus recuerdos, tus cicatrices y las manos invisibles que te siguen sosteniendo.

En esta tragicomedia que es la vida se van superponiendo capas de infortunios, adversidades, contratiempos, desgracias, percances, reveses y tiempos difíciles, con alguna que otra de días luminosos, acontecimientos dichosos, rachas propicias y horas serenas. Como si fuera un hojaldre en el que tú eres libre de elegir el tipo de crema que lo acompaña. En mi caso —no sé si por un exceso en mi organismo de serotonina, dopamina, endorfinas u oxitocina, o por la suma de todas ellas— siempre elijo una crema de yema ligera, o de mascarpone azucarada, o de vainilla tibia. Otros, por el contrario, optan por cremas rancias o por una emulsión de café quemado. Bueno, allá ellos.

El caso es que, cuando me jubilé, pensé que era el mejor momento para encararme con la tesis doctoral que llevaba años rondándome la cabeza y que siempre había pospuesto para cuando fuera mayor y tuviera algo que contar. Vamos, una tesis a la francesa, o al menos esa era mi excusa. Cuando decidí llevarla a cabo tuve la fortuna de encontrarme con una especie de ángel tutelar que me impulsó con sus alas y me llevó casi en volandas. Ese amigo tiene apellido de ángel, pero se llama Enrique.

Pero justo cuando terminaba el plazo marcado para ese largo parto académico, llegó una sucesión de episodios adversos, capas superpuestas de dolor y laminados de infortunios: pandemia, COVID‑19 severo con ingreso hospitalario y extremaunción recibida, cáncer de riñón con nefrectomía radical del izquierdo… A pesar de todo, pude concluir la tesis en el mismo hospital, con prórroga, claro. Luego la defendí como pude, porque en ese trance ya asomaba el hocico Mr. Parkinson. No lo supe entonces: pensé que eran los nervios que no me permitían escribir las preguntas del tribunal, pero mi mano fue incapaz de trazar algo distinto a una fila de hormigas.

Al final no obtuve el ansiado cum laude, pero fueron benignos y me concedieron un notable alto. Y como me dice otro buen amigo con nombre de ángel, Rafa: “Volví con mi escudo de bronce; de lo contrario habría regresado sobre él, pero nunca sin él, como corresponde a cualquier espartiata que se precie.”

El estado de debilidad que tenía en aquella época me impidió asistir a la ceremonia de investidura del grado de doctor que la Universidad Católica de Valencia, San Vicente Mártir, celebra cada 28 de enero, día del santo patrón. Pero de este año no pasa: la he solicitado y me han concedido poder asistir. Ahora, en mi hojaldre, me toca la capa del trastorno de la marcha, e incluso del bloqueo, así que tendré que acudir con andador o silla de ruedas.

Pero me he acordado de los dos bastones que conservo. Uno es el que utilizaba mi padre a diario. El otro, el de mi madre: más elegante, como era ella. Ese apenas está usado, porque mi madre no quería llevarlo a sus 92 años; decía que era “de viejos”. Así que iré apoyado en esos dos bastones, porque estoy seguro de que me sujetarán como lo harían ellos si estuvieran conmigo.

¡Bueno! Es lo que tiene hacerse mayor —vamos, viejo—, que a la menor ocasión se te ponen los ojos glaucos y te vuelven los recuerdos del pasado de forma muy sentida. Y en esos casos me canto joticas por lo bajo. Y mira que canto mal, qué le vamos a hacer, pero es lo que me sale:

Si fueran goticas de agua
lo que a mis padres yo quiero,
de mi corazón saldría
un río mayor que el Ebro.

Y quizá por eso voy a esa ceremonia apoyado en sus dos bastones:
porque, aunque ya no estén, siguen caminando conmigo, y hay días en los que uno no avanza por fuerza ni por equilibrio, sino por la memoria que te arropa la espalda y por el amor antiguo que aún te empuja, muy despacio, muy hondo, muy lejos.