Cuando fuimos peces

Hortensia Herrero

Hace falta muy poco para que decida viajar a València, incluso a pesar de mis limitaciones físicas. Me bastan los abrazos de quienes quiero —familia y amigos—, el agradecimiento a algunas de sus reales instituciones por el inmerecido reconocimiento como académico correspondiente, y el eco aún reciente de un grado de doctor conquistado tras un largo y exigente periplo universitario. Si a todo ello se suma su clima suave y su vasto legado cultural, no es difícil entender por qué esa ciudad sigue siendo uno de mis destinos predilectos.

A ese mapa íntimo se ha sumado ahora un nuevo acicate. Un hallazgo reciente que me llevó al borde del paroxismo, como si en un rincón del Capriccio florentino o veneciano se hubiera abierto una puerta secreta. Me refiero al Centro de Arte Hortensia Herrero, instalado en el restaurado Palacio Valeriola, un edificio barroco del siglo XVII que aún conserva el alma gótica del XIV, cuando fue morada de Joan de Valeriola, descendiente del influyente financiero Arnau Valeriola.

Antes de su rehabilitación, el palacio languidecía entre muros vencidos y ecos de abandono. Hoy, gracias al mecenazgo de doña Hortensia Herrero y al delicado trabajo del estudio ERRE Arquitectura —liderado por M. Ángeles Ros, Amparo Roig y José Martí—, se ha transformado en un espacio que conjuga con maestría el respeto por el pasado y la sensibilidad contemporánea. En sus seis galerías se exhiben obras de artistas de renombre internacional: la monumental “Danaë” de Anselm Kiefer preside la sala noble, dialogando con piezas de gran formato que conviven con mis admirados Tàpies, Manolo Valdés, Juan Genovés y mi paisano Saura. Descubrí también, con deleite y humildad, el arte cinético del venezolano Jesús Rafael Soto, que puso en evidencia mi ignorancia sobre el arte contemporáneo.

Tal fue la impresión que me produjo su visita, que al salir me sentí transmutado en su antiguo propietario. Me vi luciendo una túnica de terciopelo burdeos, capa de brocado verde, cinturón de cuero repujado y un bonete negro con pluma de faisán iridiscente, fijada con una joya engastada en esmeraldas. Con ese porte imaginario, encarnando a un Valeriola cualquiera, me incliné ante una dama de nombre Hortensia, y le dije con profunda admiración:

A vostres peus, senyora.

Moltes gràcies.