El Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones ha colocado una hache al odio, para nombrar una herramienta que se ha inventado hace tan sólo unos días “para medir la presencia, evolución y alcance del discurso de odio en las plataformas digitales”. Todo muy loable.
No sabemos si la palabra resultante, -“HODIO”, escrita con mayúsculas, como un grito en un mensaje de WhatsApp- se pronunciará con hache aspirada o muda, o si alguien acabará añadiendo una tilde al conjunto, con resultados previsibles.
Según se puede leer en la página web del Ministerio: “La Huella del Odio y la Polarización (HODIO)… Analiza la presencia de discurso de odio y polarización en las principales redes sociales utilizadas en España (Instagram, TikTok, X, YouTube y Facebook) y genera un ranking público y transparente que compara el nivel de exposición al odio.” Traducido al castellano: esto significa que la Administración española va a publicar cada seis meses un ranking, clasificando a las grandes redes sociales internacionales por sus niveles de odio. Parece como si nuestro actual gobierno quisiera meterse a la vez en todos los charcos sin calzar botas de goma. Pero aviso: la publicación de listas negras nunca ha sido la mejor técnica para luchar contra el odio..
Hay una duda que siempre se plantea la ciencia cuando se hacen valoraciones morales: ¿cómo se mide la intensidad del odio? Porque el odio no es algo objetivo como el CO2. Para medirlo hay que utilizar la herramienta humana (de hecho, en la web del Ministerio se especifica que “HODIO combina recogida automatizada de contenido, modelos de inteligencia artificial y revisión humana experta”) . Y la herramienta humana no es ajena al odio, esta vez sin hache.
Cada uno de nosotros, incluidos los expertos -y yo me pregunto ¿cómo se hace uno experto en odio?-, amamos y odiamos. Lo que no te dice la página web del Ministerio es que los discursos de odio no son una novedad en la historia. El concepto empezó a ser considerado por la legislación a mediados del siglo XIX y principios del XX, para luchar contra los prejuicios religiosos, raciales y nacionalistas que deshumanizaban al otro, especialmente a las minorías.
Si de verdad el gobierno quiere luchar contra el odio en las plataformas digitales quizá debería empezar por leer a Quevedo y reconocer que en el corazón de muchos “hay furias y penas”; leer también a Neruda y aprender que el odio pierde su batalla cuando “uno se pone a trabajar/ y a comprar su pan y su vino”, y -¿por qué no?- quizá leer también algún libro de teología moral, como el de Domingo Díez allá por el siglo XIX, que aunque ciertamente atrasado e incluso sectario en sus conceptos, tiene el mérito de describir con minuciosidad los pecados opuestos a la caridad para con el prójimo: el odio, la envidia, la discordia, la guerra, la sedición, el escándalo y la cooperación al mal.
Algunos en España, quizá sin saberlo, han comenzado una particular cruzada contra ciertos pecados contra la caridad, entre ellos la cooperación al mal, pues según el teólogo del siglo XIX así debe entenderse “la suscripción a periódicos o revistas malos”.
Bromas aparte, para luchar eficazmente contra el odio, lo primero y principal es evitar caer en él mientras se lucha.