Hace veinticinco años terminé la traducción y publicación de siete Adagios de índole política que Erasmo de Rotterdam comentó entre los más de cuatro mil que glosó durante toda su vida. Inicialmente concibió su empeño como una obra filológica de enseñanza de la lengua latina en París, que fue engrosando con más y más comentarios de la sabiduría proverbial de la Antigüedad grecolatina. Con el paso del tiempo algunas de sus glosas se fueron convirtiendo en una exposición de axiología política, no al modo de un tratado, sino como una serie de ensayos literarios en los que afloraba su juicio moral sobre las cuestiones candentes de la Europa de su tiempo, en particular las concernientes al ejercicio del poder y a la guerra.
Aquellos ensayos encarnan el compromiso de Erasmo con la sociedad de entonces y sus opiniones y principios de buen gobierno frente al poder de monarcas y papas. Fruto de mis años en Bélgica fue el encuentro con el humanismo de Erasmo en la biblioteca y en los seminarios de la Maison d’Érasme. Gracias a la editorial Pre-Textos y a la Biblioteca Valenciana esta afición desembocó en la publicación de mi traducción y edición de aquellos siete adagios, que años más tarde publicaría en segunda edición Alianza Editorial. Poco antes de la primera participé en una conferencia de la Universidad de Valencia, cuyas actas se publicaron tres años más tarde (*), donde hablé de la teoría y crítica de la política en los adagios del poder y de la guerra de Erasmo de Rotterdam. Admiraba ya entonces la perennidad del pensamiento del gran humanista sobre la política de los gobernantes de su tiempo que mutatis mutandis sigue siendo válido ahora: las formas de poder y de gobierno; el ideal y la formación del gobernante; las características del buen gobierno; las perversiones del poder y del mal gobierno; la violencia socioeconómica y la guerra.
De aquellos adagios de Erasmo me resuena en estos días su glosa de un adagio de tradición griega que Cicerón formuló en latín en sus Cartas a Ático: Spartam nactus es hanc orna (Haz honor a Esparta, la suerte te la otorgó). Erasmo en su comentario al mismo abogaba por el buen gobierno basándose en la tradición estoica y en su propia reflexión frente a las prácticas de mal gobierno en la Europa de su época. En contraposición a los abusos que describió en abundancia contraproponía y explicaba las tareas del gobernante para garantizar a sus ciudadanos el bienestar, la libertad, la paz, la seguridad, la justicia y la buena administración.
En resumidas cuentas, lo que exponía Erasmo era que el príncipe de aquella época -válido para un presidente de hoy en día- no había de guiarse por finalidades espurias, sino dedicarse a la búsqueda de la utilidad pública y ello incluía muy especialmente la construcción y salvaguardia de la concordia como resultado del buen gobierno.
En el siglo XVI el poder de las monarquías y de los papas era absoluto y Erasmo acabaría comprobando que sus denuncias eran ignoradas y que, a su vez, le iban a suponer riesgos personales y cambios de residencia de un país a otro.
Volviendo a nuestros días, hoy este adagio tendría que ser reformulado y dirigido al presidente del gobierno, y a sus ministros, para que, ante el desgobierno, la corrupción y la imposición autocrática que nos brindan, les reclamemos si les queda algo de pundonor que se hagan a un lado y devuelvan la palabra a los ciudadanos:
¡Haz honor a España, la suerte te la otorgó!
(*) “La Universitat de València i l’Humanisme: Studia Humanitatis irenovación cultural a Europa i al Nou Món” (Eds. Varios y AA.VV) Universitat de València, Departament de Filologia Clàssica, 2003, pp. 555-56 (https://www.researchgate.net/publication/361664793)