Puede verse estos días en el Thyssen la exposición ‘El ojo que escucha’ del pintor danés Vilhem Hammershoi (1864-1916). El título que tendrá en Zurich, donde viajará posteriormente, es ‘Maler des stillen Klanhs’ (El pintor del sonido silencioso), que me parece más adecuado por recordarme ‘La música callada del toreo’ de nuestro José Bergamín.
La pintura de Hammershoi va de sinestesia e intemporalidad. En su época de explosión de los ismos de la modernidad, mantuvo un estilo clásico, sobrio y frío que le llevó al olvido absoluto entre tantos creadores de nuevas formas. Fue a partir de 1930 cuando gracias a unos coleccionistas daneses empezó a reconocerse su mérito. Giorgio Morandi (1890-1964), quizás sin conocer al danés, puso de moda unos bodegones con una paleta de colores y un silencio, el blanco, como decía Kandinsky, muy similares. Esto de que la pintura traduzca sensaciones sonoras lo entendemos bien los taurinos que hemos visto pararse el tiempo, en el silencio de la Maestranza, con la muleta de José Tomás o el capote de Morante. También hay otros pintores capaces de crear con sus lienzos esa sensación de soledad y silencio, pensemos en Caspar David Friedrich, Whistler, Giacometti o Hopper. Florian Illes, el autor del extraordinario libro ‘La magia del silencio’, lo relaciona incluso con las fotografías pintadas de Gerhard Ritcher en los 60.
Hay que destacar la calidad del catálogo publicado con motivo de esta exposición. El diseño del estudio de Sonia Sánchez, la preimpresión de Lucam y la impresión de Gráficas Izquierdo, resultan ‘impresionantes’. En el debe hay que apuntar el exceso de aforo que permite el Museo, a pesar de exigirse un horario estricto de visita. Resulta improcedente el guirigay que se forma, con varios guías y grupos de ‘amigas’ que arman jaleo, en una expo del pintor del silencio.