Hoy barrunta en mi cabeza la canción Fragile de Gordon Sumner (Sting) “… On and on the rain will fall Like tears from a star, like tears from a star On and on the rain will say
How fragile we are, how fragile we are…” - La lluvia caerá una y otra vez como lágrimas de una estrella, como lágrimas de una estrella La lluvia dirá una y otra vez Qué frágiles somos, qué frágiles somos - Lloras tú y lloro yo y el Cielo también, y el Cielo también…
Todavía resuenan en mi alma, las voces sobrevivientes al accidente ferroviario, las angustiosas horas de incertidumbre de familias, de amigos, de vecinos.
Todavía imagino esos últimos instantes ante la fragilidad más absoluta de quienes tienen de frente su vida y no pueden retenerla.
Pienso en los planes, las certezas, todas las seguridades que encerramos en nuestro diario vivir; y también en las prisas, la necesidad de llegar antes, las preocupaciones por cumplir, por estar…
Es muy duro darse cuenta de nuestra fragilidad, de lo efímero de cada circunstancia, de aquello que hasta ayer ocupaba nuestra vida, en un momento desaparece.
La fragilidad humana es algo propio, nos pertenece, lo sabemos desde el mismo instante de ser concebidos, una fragilidad que depende de otros para transformarse en fortaleza.
Vivimos convencidos, y hoy más que nunca de nuestra decisión de ser y estar, de la forja de nuestro futuro, de la toma de decisiones y de la precisión de la inversión de nuestro tiempo para obtener beneficios futuros.
Nada hay más lejano que la certidumbre del futuro. En palabras de San Agustín “Mido el tiempo, lo sé; pero ni mido el futuro, que aún no es; ni mido el presente, que no se extiende por ningún espacio; ni mido el pretérito, que ya no existe.”
La mirada puede depositarse en el drama de esa fragilidad, es cierto, frente al dolor y el presente fugaz, puede uno acostumbrarse a ser un mero observador, pero también la vida nos brinda la posibilidad de una fortaleza indescriptible, surgen entonces quienes ante el dolor del otro borran de sí la incapacidad de movimiento, enfrentan
sus propios miedos, sus prejuicios, sus debilidades y su propia fragilidad, para transformarla en fortaleza.
Los vecinos de Adamuz, una pequeña localidad con unos 4.000 habitantes, que despiertan del letargo de una noche de domingo con dos trenes colisionados y más de 500 pasajeros qué buscan una pequeña luz de esperanza, esa fortaleza que surge del instinto propio de humanidad protectora, de esa misericordia y compasión que habitan en nuestro ser.
Se repiten las manos estiradas, mientras los vidrios rotos el bullicio de la espera incierta, las luces de linternas que buscan corazones que sigan latiendo, la vida se revela ante la muerte, los brazos se hacen fuertes, pero más fuertes son las almas que se entregan.
También adentro, allí en los vagones repletos de dolor, existen fortalezas, una tripulación que mantiene la calma, seguramente situaciones aprendidas en teóricas clases, pero que a la hora de la realidad es muy diferente llevar a la práctica.
Sé bien que hoy muchos dolores atraviesan a familias enteras, se han perdido demasiadas vidas, todos queremos saber las causas del accidente ferroviario; pero hoy quiero dedicar este artículo a unirme en cada dolor y a dar gracias por esas fortalezas que despiertan cuando parece que todo está perdido.
Pienso, como dice San Agustín, que “El único tiempo real, es la eternidad…”