Durante décadas nos han repetido que cuanto mayor sea la intervención del Estado en nuestras vidas, mayor será nuestra protección. Mi nuevo libro, Salud de la Libertad, plantea una hipótesis incómoda: ¿y si una parte de ese intervencionismo destinado supuestamente a protegernos estuviera contribuyendo también a enfermarnos?
No hablo solamente de economía. Hablo de biología.
La neurociencia lleva años estudiando qué sucede cuando una persona vive sometida a estrés crónico y siente que pierde el control sobre su propia existencia. El organismo responde: aumenta el cortisol, se altera el sueño, aparecen procesos inflamatorios y pueden deteriorarse funciones metabólicas, cardiovasculares y psicológicas.
Mi pregunta es sencilla: ¿por qué excluimos de ese análisis el entorno económico e institucional en el que vivimos?
Un autónomo que desconoce cuánto más tendrá que pagar mañana; un empresario sometido a regulaciones cambiantes; una familia que trabaja para sostener una presión fiscal creciente; o un paciente atrapado durante meses en una lista de espera también experimentan incertidumbre, impotencia y pérdida de control.
Salud de la Libertad nace precisamente de unir dos mundos que rara vez dialogan: la Escuela Austriaca de Economía y la salud humana. El punto de partida intelectual está en Mises, Hayek y especialmente Jesús Huerta de Soto: cuando sustituimos las decisiones libres de millones de personas por planificación burocrática, destruimos información, creatividad y capacidad de adaptación.
El libro lleva ese razonamiento hasta el cuerpo humano.
La evidencia internacional ofrece además una correlación extraordinariamente sugerente. Los datos recogidos en el libro del Economic Freedom of the World Report muestran una esperanza de vida de 80,5 años en el cuartil de países económicamente más libres frente a 64,9 años en el menos libre: 15,6 años de diferencia. Naturalmente, correlación no significa automáticamente causalidad, algo que expresamente advierto en la obra. Pero ignorar semejante diferencia tampoco parece científicamente razonable.
La investigación aborda también la presión fiscal, las inspecciones, las listas de espera, la burocratización sanitaria y el debilitamiento de instituciones naturales de cuidado como la familia, las mutualidades y la comunidad.
Y aquí aparece quizá la parte más importante del libro: no propongo sustituir solidaridad por abandono. Propongo sustituir burocracia por libertad.
Por eso planteo sistemas construidos alrededor de tres principios: subsidiariedad, responsabilidad y libre elección; con mayor protagonismo del paciente, del médico, de las familias, las mutualidades y la sociedad civil.
Durante demasiado tiempo hemos discutido cuánto Estado necesitamos para proteger nuestra salud.
Quizá haya llegado el momento de formular la pregunta contraria:
¿Cuánta libertad necesitamos para estar verdaderamente sanos?