Con cara de payasos

Diego García Paz
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“¿La gente está loca? No, está manipulada.”

                                     José Luis Sampedro

Llevamos una temporada en la que los acontecimientos que se viven, tan próximos como graves, están poniendo de manifiesto una de las facetas más perversas de la condición humana: la presentación de lo que ocurre pasada por filtros de todo tipo y condición con la única finalidad de que la opinión pública tenga un concepto de los hechos conforme interese o beneficie a quienes los presentan desde su única perspectiva de parte.

Esto no es nuevo en absoluto; de hecho, es histórico, pero hay momentos en los que por una desgraciada concatenación de circunstancias se llega a unos niveles tales de deformación de la realidad que hacen que los espejos cóncavo y convexo de Luces de Bohemia, a través de los que Valle-Inclán ejemplificó el esperpento, sean hoy mera anécdota, porque lo que se hace en la vida práctica lo supera de una manera tan amplia que llega al surrealismo, y con la agravante de pretender que sea considerado por cierto por quienes asisten a la escenificación.

Lo acontecido en Ceuta, por ejemplo, es muestra de ello. Los hechos son muy sencillos de entender porque, entre otras razones, hay constancia gráfica, audiovisual. Además, están las propias declaraciones de los vecinos de la ciudad, de su presidente, y la reacción a nivel internacional, que (al margen de algún pañito caliente) precisamente no ha sido positiva, porque se ha mostrado ante el mundo entero la debilidad de los confines de un estado y, por lo tanto, de su soberanía. Esto es un hecho. De la misma manera que, ante ese hecho, Estados Unidos, Europa y hasta África no pueden tomarse en serio a un país que lo consiente, porque tolera las faltas de respeto y además compromete a otros, hasta el punto de que hace cuestionar la oportunidad y la seguridad de mantener en organizaciones internacionales al estado que se aviene a incidentes de tal gravedad por el arrastre nefasto que ello supone para el resto.

Sin embargo, más allá de las pruebas irrefutables, los hechos intentan enterrarse bajo las opiniones, hasta hacerlos desaparecer literalmente y convertir la opinión de parte en un extremo fáctico. Ahora bien: una opinión, aunque se repita hasta la saciedad, no deja de ser una opinión y no sustituye jamás al hecho. Lo que, desde luego, sí se consigue a base de insistir en la valoración y no en el hecho, con el afán de sustituir aquella por éste, es generar un ridículo insoportable y un circo en el que no se tiene la menor consideración por la inteligencia de las personas que ven, con sus propios ojos, lo que ocurre.

En un mensaje para la posteridad, el pensador inglés Bertrand Russell dijo que cuando se examine cualquier tema o cualquier situación solo hay que tener en cuenta los hechos y la verdad que se deriva de ellos. Sin dejarse llevar ni desviar por lo que uno mismo, o algunos, desean creer o por lo que se considere que puede reportar algún beneficio si se cree de la manera que conviene. Única y exclusivamente estar a los hechos.

Y mientras esto no lo llevemos a cabo, y demos por hechos lo que son simples opiniones, quienes las emiten con esa idea nos verán a todos, sin excepción, con cara de payasos.