Gaza es una necrópolis habitada por una multitud errante de supervivientes en busca de un toldo, una manta, un mendrugo y un sorbo de agua potable. Mueren a tiros, de hambre, de frío y desamparo. Y a nadie parece importarle. Como si no existieran, como si su sufrimiento no fuera con el mundo, no nos afectara. El sadismo interesado de los líderes políticos ha alcanzado tal grado que lo más seguro es que ya tengan asignados sus respectivos barriles de crudo y sus cámaras frigoríficas en las últimas bancadas del infierno. ¿Pero qué se puede esperar cuando impera la ley del más fuerte y los matones de turno se arrogan el poder y el derecho de eliminar a la población y proceder a apropiarse de sus tumbas para mayor lucro de la industria inmobiliaria? Los genocidas hablan de formar una compañía para explotar los yacimientos de gas natural en la costa de la Franja. Así no tendrán que poner ni un céntimo de su bolsillo para la reconstrucción, cuya administración y supervisión correrá a cargo de La Junta de la Paz.
La Junta de la Paz es una organización prescrita en la Resolución 2803 aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU el pasado 17 de noviembre. Según Norman Finkelstein, en su último libro de cuyo título se hace eco el de este artículo, esa resolución anuló de un plumazo el dictamen del Tribunal Internacional de Justicia sobre la identidad del pueblo palestino, su derecho inalienable a la integridad de los Territorios Ocupados, la ilegalidad de la ocupación y la consecuente obligación de una retirada inmediata y total israelí. Eso es lo que dicta el consenso jurídico internacional referente a la prohibición de la adquisición de territorio mediante la guerra y el derecho de los pueblos a su autodeterminación. Al adoptar el plan de Trump, el Consejo de Seguridad redujo a Gaza a la condición de res nullius, convirtiendo el territorio a todos los efectos en una posesión colonialista del magnate, quien preside la Junta a título personal. Y, por si nos fuéramos a creer que el vendedor de biblias se proponía hacer algo sin ánimo de lucro, les exige el pago de mil millones de dólares a los que quieran ingresar en ese club de inversores carroñeros. No le importa de dónde vengan las ganancias con tal que resalten su vanidad. Lo que, irónicamente, es alentador, pues alguien tan enamorado de su propia imagen tarde o temprano acaba ahogándose en su piscina.
Los otros dos apartados de esa fatídica resolución, o sea la creación de una Fuerza Internacional que implemente la desmilitarización de Gaza (el desarme de los palestinos, que tienen derecho a resistir al opresor, pero no del estado genocida de Israel) y la hoja de ruta política para la resolución del conflicto, no tienen la menor posibilidad de llegar a buen puerto, pues ambas cosas están supeditadas a la aprobación israelí. Por lo tanto, Israel seguirá exterminando a los palestinos y una vez acabe con los gazatíes irá a por los mismos fines en Cisjordania. La reciente reducción de la sede de la UNRWA en Jerusalén a escombros demuestra que no van a permitir la entrada ni de asistencia humanitaria ni de materiales de construcción, pues los mesiánico-sionistas pueden actuar con plena impunidad gracias al apoyo incondicional del evangélico-apocalíptico Tío Sam. O sea que la devastada Gaza volverá a ser el mismo campo de concentración. Con el falso alto el fuego en vigor y el exterminio ahora a fuego lento, sobre los palestinos seguirá pesando la opción binaria israelí de abandonar el territorio o morir.
Los enterradores de Gaza no son sólo los que a diario dan sepultura a sus muertos sino todos los que la han reducido a escombros y privado de su humanidad y sus derechos. De lo que estos devotos de Moloch no se enteran es que el genocidio de Gaza es su propio sepelio, pues cada uno de nosotros es la humanidad entera y el que a su hermano mata es un suicida.