Resulta enternecedor comprobar cómo, en ciertos círculos, se mira de forma sospechosa que unos niños jueguen al fútbol en los colegios. Intentan tratar al balón como un elemento subversivo, una suerte de máquina traída desde el mismísimo infierno y señalándola como molesta frente a los elevados misterios de la matemática o la geografía.
¡Son los políticos! Parece que echan de menos sus tiempos de escolares, cuando su recreo consistía en caminar en círculos con las manos a la espalda y meditando sobre asuntos tan relevantes como la inmortalidad del cangrejo. Paseaban imitando el patio de una prisión. Quizá más formativo y prediciendo lo que les espera a muchos.
Sin embargo, los años dan cierta serenidad y esa la otorga la evidencia. El fútbol es ese juego que algunos consideran, poco menos, que una amenaza para la civilización. En realidad diré que el fútbol es una sólida escuela de virtudes, tanto que podría interpretarse como un tratado de la moralidad. Es mucho más importante que el programa político del PSOE. Recuerdo aquel fútbol que se jugaba en la calle y en donde se aprendían reglas, respeto y colaboración. Los chavales nos cultivábamos en la aceptación de la derrota sin dramas ni tragedias, y además eso sucedía sin necesidad de que un profesor, tiza en mano, recitase la lista de los Reyes Godos o dijese sobre la importancia del esfuerzo.
Albert Camus afirmó que todo cuanto sabía de ética lo había aprendido siendo portero. Estas palabras evidencian el valor formativo y, aunque él no es español, su ejemplo nos sirve para ilustrar esta gran verdad que para algunos parece incómoda. En ocasiones una pelota enseña más que cien Reales Decretos aprobados por un puñado de resentidos resilientes.
Sorprende, por otro lado, y no deja de ser curioso que quienes se escandalizan por ver a los niños correr detrás de un balón sean los mismos que luego ruegan por eliminar conexiones y accesos a internet. El fútbol es una forma de espíritu de sacrificio para todas las generaciones y no cabe duda de que esas virtudes brotan espontáneamente. El fútbol, en su mezcla de reglas y caos, ofrece un entrenamiento moral que siempre ha sido importantísimo para el aprendizaje.
Por eso, hoy, quiero salir en defensa de que los niños jueguen al fútbol en los colegios. Esto no es frivolidad, es en todo caso un acto de sensatez. Es la importancia de apostar por una educación completa que no se limite a llenar las cabezas de información insustancial, sino que sea capaz de formar caracteres capaces de convivir, cooperar y, llegado el caso, hasta perder con honor. Y esta última es una virtud que, dicho sea de paso, todavía no han aprendido muchos adultos, tal vez sea porque a sus infancias llegó un día un político que les prohibió jugar al fútbol, restringió sus libertades y los anuló como personas.
Dejemos pues de temer al fútbol. Reconozcamos su utilidad y que no sea porque está de moda, sino porque es provecho para los jóvenes y funciona. Y si en algún momento un espíritu excesivamente serio exclama que el balón distrae o es molesto, siempre podremos recordarle que hay veces que nada educa tanto como un buen gol… o un mal despeje.