Según la teoría de la anaciclosis de Polibio, las agrupaciones políticas pasan de manera constante por un ciclo en cuanto su forma de gobierno, compuesto por tres formas puras (monarquía, aristocracia y democracia) y continuadas cada una de ellas por su correspondiente degenerado (tiranía, oligarquía y demagogia).
Las tres primeras responden, naturalmente, al ethos del grupo y su razón de ser. Esto es, el ejercicio del poder -que no es otra cosa que la cesión de parte de libertad por parte de los miembros del grupo convertida en el uso legítimo de la compulsión hasta la violencia- para la consecución del bien común respetando el mayor grado posible del ius in omnia que corresponde al hecho de ser hombre y su desarrollo en sociedad. O lo que es lo mismo, su derecho natural, su colisión con el hecho de vivir en sociedad y su mayor grado de equilibrio posible.
Las formas degeneradas, por tanto, no son sino el ejercicio del poder, de la violencia asumida y necesaria, no para la consecución de dicho equilibrio, sino ordenadas a la satisfacción de los intereses particulares de quien lo ejerce y sus adláteres. Hoy en España vivimos, como resulta evidente, en una de las formas degeneradas con un matiz: llevamos años buscando esa degeneración como valor. Más que una demagogia, somos una verdadera kakistocracia. Esto es, el gobierno de los peores porque se quiere a los peores y no por una desvirtuación del poder de la Nación, de la democracia, que sería la demagogia.
El monarca, de los modos deseables de gobierno, es aquel que, en razón de su capacidad de encarnación en grado máximo de los valores, del ethos, del grupo, detenta el poder para dar la mayor satisfacción al equilibrio mencionado. Sea electivo o heredado, esa es la premisa del monos-arkhein. Del que gobierna o tiene el poder sólo.
¿Qué pasa entonces con la monarquía parlamentaria española? Reina pero no gobierna. Lo cual es un oxímoron de no caber en un estadio, pero sin embargo es una figura crucial. ¿Cómo es ello posible? Hay dos piezas fundamentales en los artículos 56 y 57 de la Constitución: “El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia”, y “La Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica”. Es decir, en el rey está la razón de continuidad del Estado, que es una emanación de la Nación, al tiempo de ser símbolo de la continuidad histórica que es la propia Nación.
Es decir, el rey es por la Nación española, de la Nación española y para la Nación española. Las sanciones de sus actos por parte del Estado no significan, en absoluto, que el rey no pueda hacer nada. Significa que tendrán un grado distinto de efectividad, pero su razón de ser, y con ello la posibilidad de hacer, está en algo que precede al Estado que es la Nación.
Cuando el Estado es agredido y se pone en solfa su capacidad de unidad y permanencia en, al menos, parte del territorio (en Ceuta) y la Nación sufre por esa agresión, un rey que está mientras tanto montado en un barco es un monarca degenerado. Degenerado en un sentido nuevo, no de uso del poder al servicio de sus intereses, sino por la negación de su propia razón de ser a través de la inacción. Sería algo propio de la kakistocracia. En un país donde se quiere el gobierno de los peores por el hecho de serlo, es normal que su rey no gobernante se niegue a sí mismo y se siga llamando rey.
E.R.R.P.N.V.
El Rey reina pero no veranea.
Y dicho esto:
V.E.R.D.E.
Viva el Rey de España.