Cuando fuimos peces

Dios, ese artista indeciso

Siempre me ha intrigado el proceso creativo de los artistas, pero hay creaciones que solo pueden nacer de la duda. De esa mezcla de intuición y torpeza que acompaña a quien se enfrenta al vacío. Quizá por eso me conmueve la frase de Picasso: “Dios es solo otro artista”. Un artista que prueba, corrige, improvisa… y de pronto inventa una jirafa, un elefante, un gato, como quien busca su propio estilo sin encontrarlo del todo.

Si uno mira el mundo con calma —pero no demasiada, que luego vienen las conclusiones peligrosas— descubre que la creación tiene algo de ensayo general. La jirafa, por ejemplo, parece fruto de un momento de distracción: “¿Y si alargo un poco más el cuello? Bueno, ya que estoy… un poco más. Y otro poco”. El elefante, en cambio, es claramente un día de exceso de confianza: “Hoy me atrevo con una nariz que también sea manguera”. Y el gato… el gato es ese boceto que sale tan bien que el artista finge que lo había planeado desde el principio.

A mí esta idea me tranquiliza, porque prefiero un universo hecho a brochazos que uno diseñado con escuadra y cartabón. Un universo donde las montañas parecen pintadas con brocha gorda y los ríos con un pincel que goteaba. Donde los humanos somos, en el mejor de los casos, una mancha simpática que alguien intentó difuminar sin éxito, pero que al final decidió dejar porque “tiene su gracia”. Me encantan los personajes de Juan Genovés: apenas un toque grueso de un pincel cargado de óleo, pero llenos de vida, como si estuvieran a punto de salirse del cuadro para seguir corriendo.

Quizá por eso seguimos cambiando. No por evolución, sino porque el artista todavía no ha dado con la versión definitiva. Cuando fuimos peces, cuando fuimos barro, cuando fuimos niños… todo fueron pruebas. Y seguimos siéndolo. Cada día nos levantamos un poco distintos, como si alguien hubiera añadido un trazo nocturno sin avisar.

No sé si esto explica algo, pero al menos lo hace más llevadero. Pensar que somos parte de un experimento creativo nos libera de la obligación de ser perfectos. Y, de paso, nos permite mirar a los demás con cierta indulgencia: al fin y al cabo, todos somos borradores, o bocetos de caricatura.

Y quizá ese sea el verdadero encanto del mundo: que todavía no está terminado. Que el artista —ese Dios indeciso, ese Picasso cósmico— sigue probando cosas nuevas. Y que, con un poco de suerte, mañana nos toque ser la jirafa, el elefante o el gato. Aunque, viendo su dossier artístico, lo más probable es que volvamos a ser peces.