Hay versos que se vuelven dogma porque alguien con prestigio los repite demasiadas veces. El “no me encontrarán” de Lorca es uno de ellos. Ian Gibson lo ha convertido en santo y seña del lorquismo: el poeta desaparecido, el cadáver perdido, la fosa muda. Una frase perfecta para cerrar conferencias, vender solemnidad y, de paso, algún ejemplar más de sus libros. Pero los versos, como los muertos, a veces se equivocan.
Yo ya había encontrado su rastro en Santiago de Cuba, y no precisamente porque fuera buscando poetas. Estaba allí persiguiendo a los marinos españoles muertos en el combate naval del 3 de julio de 1898. No encontré sus huesos, pero sí desvelamos sus identidades, sacamos sus nombres del anonimato y los devolvimos a la historia. Con Lorca me pasó algo parecido: uno busca cuerpos y acaba encontrando presencias.
En Santiago, mientras perseguía marinos, Lorca apareció sin avisar. En la Casa de la Trova de la calle Heredia escuché un son:
Cuando llegue la luna llena
iré a Santiago de Cuba,
iré a Santiago,
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Ese “son” de negros también hablaba de palmas que quieren ser cigüeñas y plátanos que quieren ser medusas. No lo llamaban Lorca, claro: lo llamaban tradición. Pero las imágenes eran idénticas a las del poema. Demasiado idénticas para ser casualidad. Y un músico octogenario, sin solemnidad, me soltó: —Ese galleguito escribía como si hubiera nacido aquí.
Los rastros no necesitan placa conmemorativa.
Aquel día también me hablaron de unos dibujos del poeta, guardados por un particular dispuesto a venderlos. Podía haberlos comprado, podía haber rematado la faena, pero en aquel momento tenía otras prioridades. Cuántas veces me he arrepentido.
Años después, en Alfacar, encontré otro rastro. No el cuerpo —Gibson tiene razón en eso—, pero sí las huellas del crimen: tierra removida, restos de munición percutida, pequeñas alteraciones que coinciden con los testimonios de quienes vieron pasar a Lorca hacia su muerte. No es una fosa abierta. No es una prueba judicial. Es un rastro arqueológico. Y sí: sus restos, con toda probabilidad, estarán en el barranco de Viznar, donde debieron ser trasladado desde su primera tumba, Y si no… al tiempo. Hasta cabe la posibilidad de que sus huesos ya hayan sido exhumados y esté todavía sin identificar: con el secretismo con que se lleva esa actuación, todo es posible.
Y entonces uno recuerda el poema, ese Lorca que prometía volver a Santiago “en un coche de agua negra”. Yo ya volví. Volví a Santiago para llevar los nombres de nuestros héroes muertos en combate y convertirlos en bronce. Volví a Alfacar cuando la tierra me habló. Volví a Lorca cuando encontré su sombra en un son.
El coche ya pasó. El verso dijo “no me encontrarán”. Pero yo lo encontré… dos veces.
¡Oh bovino frescor de calaveras!
¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!
Iré a Santiago.